Petroglifo del Teleno: situado en Peña Fadiel, término del pueblo de Filiel. Tallado realizado durante el periodo Calcolítico por los primitivos pobladores de la zona.
El Dios Teleno, Mars Tilenus, Teutates.
Joven, ágil, montaraz habita las cumbres del monte de su nombre. Este dios de la guerra va de su baño marmóreo en la cima a cabalgar las nubes plomizas que portan sus rayos de fuego y odio, que tras cada razzia apaga en el lago subterráneo de Corporales. El dios Teleno tunde de continuo las peñas con su hacha de doble filo convocando a sus súbditos ástures a la lucha, lejos de todas las cadenas.
El Mouro encantado
Expulsados, sólo quedaron acá unos cuantos desdichados, que sujetos por hechizos y amores a estos pagos, cumplen condena eterna en pasadizos, castillos, fortalezas, ruinas y palacios. Guardan las llaves que abrirán la historia y los libros del Pasado mil cuatrocientos y pico, los moros retorno y cofres claveteados que ocultan boleras, doblones y gallos de oro. Altos y apuestos, elegantes y gentiles buscan quien noticia les lleve de sus hermanos muslimes.
El Mouro.
Gigante encastrado, guardando en sus grutas tesoros y daños. Tiene barba poblada y roja, la tez oscura y los ojos claros, su ropa rota, mala y escasa; fuerte todo él, fuertes sus manos. Vigila de día y de noche, con cuidado abandona la vela y roba ganado con que alimentarse o busca el taimado a quien cambiar su oro por ropas, que así vendió el de las Médulas a los romanos.
El Urco.
Siempre envuelto en un ventoso manto negro recorre la tierra de sus súbditos, el dios de los muertos. Cuando encuentra un agonizante se transforma en un perro negro con largas orejas, cuernos y ojos brillantes como ascuas, que aúlla siniestramente en presagio del último momento, incitando a los otros perros, que le secundan, mientras ordena el co que porta al muerto hasta «el borrón», cenagoso recinto eterno.
El Gigante Carpureas.
Desde el sur de La Bañeza a las lindes de Zamora se extiende el temor a las tormentas rojas que el gigante Carpurias avenía sobre la paramera en sus días de furia, cuando sube de su gruta a otear la llegada de su fatal destino con su único ojo. Su aspecto fiero y el vestido de grandes pieles, su formidable cabellera, sus fuertes brazos, que enarbolan como dardos troncos enteros, completan la descripción de este guardián tesorero.
La Bruja Coruja.
Bruja, rebruja, la coruja. Es vieja y fea, vive sola en lugar apartado, no ve a nadie ni nadie llega a su lado. En noches de luna recorre los campos llevando sequías y andancio al ganado, entra en las casas sin cédula, ni cruz y aleja de allí la primavera y el verano. A veces la coruja ayuda a los otros empleando para bien su arte malvado.
La Doncella Encantada.
En Igüeña quedan aún muchas de estas bellezas cristianas a las que los magos árabes convirtieron en sierpes que reptan en las tardes de verano hasta los mozos y les trepan por el cuerpo hasta la boca buscando sus besos que las vuelvan de nuevo a su estado de doncellas. Estas serpientes transformadas sólo tenían este aspecto cuando presentían la presencia humana. En Igüeña cada verano vuelven a su forma originaria y amante, seis doncellas.
El Lobishome.
Cubierto el rostro de vello, asomando los colmillos bajo dos brasas de fiereza, vaga por los montes reclamando la presencia de la manada, atacando a caminantes, animales y pueblos. Baja en los plenilunios a comer la albahaca que le dé el poder sobre la sombra y el viento, que en tejas y claridades son sus enemigos y sobre el hombre íntegro, que es fava acabará su reino.
El Trasgo.
Es astuto y burlón, pequeño y ligero este diantre. Feo y deforme, cojitranco, va con caperuza y chaqueta de gamuza roja, trastocando perolas, ocultando cosas, embromando a las mujeres, que para avergonzarle, derraman puñados de centeno en el umbral de la casa. El trasgo intentará cogerlo, pero no podrá por tener las manos agujereadas, y avergonzado por lo vano del intento, dando saltos y bufidos, saldrá de la casa a buscar nuevo asiento.
El Reñubero.
Es viejo y mal encarado, porta chamberg raído y tabardo. Si Santa Brígida con sus bronces no lo impide, montado en su «nubarrón negro» maneja con la diestra haz de sus centellas y con la siniestra vacía de su bolsa el pedrisco entre grande estruendos. Si se tercia baja a tierra con el más fuerte de los tres tronidos primero con sus uñas y fauces asusta a los niños subiendo de nuevo con el último estampido.
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