El pueblo de Valdorria y la Peña de San Froilán
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EN EL CUAL SE CONTIENE COMO UN CRISTIANO CENTURIÓN DE LOS ROMANOS CONTRADIJO (ESTANDO DIJO (ESTANDO EN SU IMPERIAL FIESTA SU MARTIRIO) SU MALDITO RITO Y EN RAZÓN DE DEFENDER LA VERDAD CATÓLICA, FUÉ PRESO Y LLEVADO A LA CIUDAD DE LEÓN, QUIEN ERA. ACABASE ASÍ MISMO LA CEREMONIA DE LOS ROMANOS CON LO QYE DESPUÉS DE ESTO HICIERON LOS VALIENTES ESPAÑOLES, CURIENO Y CANIOSECO; CONOCIENDO LO QUE CONTRA ELLOS TENÍAN ORDENADO.
Como el inmenso dios, al cual alaba cuanto ha sido y será por el criado Demostrar su inestable amor no cabe Ni los tesoros que ha manifestado A quien aprovechar de ellos se sabe Con alma y corazón purificado Así años siervos suyos con clamores Desean alumbrar los pecadores.
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Y en aminados por la diestra vía Sacándolos de donde van perdidos Con dar doctrina al alma que está fría, Y ocupa con errores los sentidos, Aunque rompan por cuanto monarquía Tienen los que en el mundo son temidos Que no estiman perder las dulces vidas Si piensan reformar las traídas.
Así como apunté en breves razones, lo hizo el centurión que osadamente, Contradijo su rito a las legiones Por volver por su dios omnipotente. Y alumbrar (si puede) los corazones De aquella noble y esforzada gente, Que se turbó en oír aquel romano Contradecir su fiesta, y que es cristiano,
Más el que el pecho ni las venas frías No siente, ni el estruendo que pasaba, Cansado de sufrir idolatrías, Que dentro de su alma abominaba, Que salió para Acab el sacro Elías, Y contra Jezabel tal se mostraba En aquella ocasión que se ha ofrecido, Y entre otras cosas esto ha referido.
Viendo vuestra maldad va rompiendo Mi pecho que un dolor le parte intenso, Que a imágenes fingidas ofreciendo Estáis, como a divinas rubio enciendo. En ofrenda de aquel que está rigiendo La tierra ancha, mar largo y cielo intenso. O grave mal, ¿que deis con tal locura Lo que es del creador, a la criatura?
No será para esto no dios humillador Bajando desde el seno sempiterno De su inestable padre, y encarnado En aquel virginal vientre materno, Le convino a salir disimulado Entre nuestro humano traje el verbo eterno Quedando sin lesión la madre entera Como el sol cuando pasa por vidriera, No fue para esto su alto advenimiento,
Ni en las alturas gloria Dios cantada Por cortesanos de su empíreo asiento, Siendo a la tierra paz alma anunciada. Cuando aquel pastoril bando contento Dando salvoconducto a su majada Le fuese adorar por Dios omnipotente Y los tres reyes del feliz oriente.
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Para esto diste recental divino A la piedra, que fue cuchillo agudo, La tierna carne, que mostrar camino Del cielo justamente entre al hombre pudo, Para esto cual extraño peregrino Huyendo fuiste del edicto crudo, Obedeciendo con tu sacra madre El disponer del poderoso padre.
Para esto el resplandor del sol venciste, Y la nieve dejaste oscurecida, Cuando en la cumbre del Tabor vestiste Tu cuerpo de la gloria recogida; Y represada en el alma, que quisiste Diese a carne posible ser y vida. Por lo cual te has mostrado rutilando De nuestro bien y tu pasión tratando.
Para esto fue y ha de esto aprovechado De tu pasión la noche tenebrosa, Cuando por nuestras culpas entregado Fuiste a la ciega turba escandalosa, Y sin respecto acá y allá llevado, Siendo la luz de arcángeles gloriosa Te ofendiese con ásperos abrojos Dando al cuerpo dolor, sangre a los ojos.
Ea bravos romanos valerosos, Y en la guerra diestrisimos soldados, En que entendéis decid, presuntuosos. ¿Sin dios, de tantos dioses rodeados? ¿No veis que al fin acaban los famosos Más no el ser para siempre condenados? ¿No veis que adorar hombres es demencia Negando al sumo Dios la reverencia?
Volved los ojos a mirar, os digo, A Cristo Dios y hombre verdadero, Que echó sobre sus hombros el castigo Ajeno, y satisfizo por entero Al padre, y a su paz el enemigo Linaje humano trajo, en un madero, Con el indulto de su gloria abierto Quedó, y el sumo Dios, cuanto hombre, (muerto).
Pues este mismo Dios crucificado, Que por nosotros muerte ha padecido, Por su potencia fue resucitado, Y al rey no del espanto descendido; Y de allí con el bando rescatado Sobre los altos cielos se ha subido, Y haciendo en ellos milagrosa muestra, Del padre eterno se sentó a la diestra.
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Esto les dice con ardiente pecho El rostro en vivas lágrimas bañando Que procura volver por el derecho Debido a Dios, que allí se va usurpando A tiempo que rompiendo aquel estrecho Llega el gran FORTUNATO abominando Del centurión, que tal error hacía Y su fiesta imperial interrumpía.
A quién de la cabeza a pies midiendo Con los rayados ojos de un rodeo, Su bravo enojo y cólera encubriendo Echo por otra parte su deseo. El encendido fuego reprimiendo, Dice, culpando al inocente, el reo; ¿Por qué razón no te has el volteo puesto Di centurión MARCELO, que ha sido esto?
Y una correa en su lugar colgada ¿Tras tal día como hoy, de poco precio? A diestra que ha de ser por ti honrada ¿Pretendes sin respeto dar desprecio? ¿Quién te turbó el juicio en tal jornada? ¿Quieres tu despreciarla, como necio? Has visto en los demás el volteo viejo, ¿Para seguir tan perdido consejo?
¿Por qué tan grande yerro en ti se anida, Para tu honroso oficio despreciado? No ves que tu locura me convida ¿Y lleva (aunque no quiera) a castigarse? Insignia a centuriones concedida Y aquellos que en la guerra ha de estimarse No había de estar al hombro relumbrando ¿Y la dorada espada sustentando?
Oye el Santo MARCELO sus razones, Y al falto fin a que las dice atiende, ¿Que el cielo contrastar y sacros dones? Es lo que FORTUNATO más pretende; Pero viendo quietadas las legiones Y que el susurro suyo no le ofende Quedo con sosegado continente Mirando el rostro al fiero presidente.
Y como vive sin tener recelo De seguir de Jesús el estandarte, A no reconocer (dice MARCELO) Cuan seguro de yerro en esta parte Estoy, pues reconozco a Dios del cielo, Reverenciará el profesar de Marte, Y vuestra fiesta, y vano desatino Tan fuera de razón, y de camino.
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Pero yo menosprecio esta milicia, Pues sueldo eterno en ella no me gana, Sino la honra que tenéis propicia, Que pasa en breve y lo que dura es vana, Con fuerzas adquirida y con malicia Y más en perseguir la ley cristiana, No quiero acompañar al que se ha alzado Contra el mismo señor que le ha criado.
Esto con pura voluntad diciendo Con vivo amor de Dios, quitó la espada, Que el hombro diestro lleva sosteniendo Y fue por tierra sin respeto echada Y FORTUNATO su de nuevo viendo, Y determinación ocasionada, Mando prenderle, y a León le vale, Para más sin escándalo escucharle.
Más él no teme, que el que a Dios se ofrece No tiene a que temer en esta vida, Que los más arduo es como se parece Interiormente su virtud crecida, Y así aunque FORTUNATO permanece En la demostración embravecida, Y quiere hundir con el mirar el suelo Ni esto ni su prisión turbó a MARCELO.
Aunque conoce el centurión cristiano Aquel furor violento y pernicioso, Con que mandaba el fiero DIOCLECIANO, Que se persiga el bando religioso, Y sabe que industriado de su mano Tiene en León un escuadrón famoso De su mujer y hijos, no dudaba En detalles el ejemplo que les daba.
Fue este MARCELO de nación romana De sangre clara y de valor cendrado, Y centurión de la legión Trajana, Vecino de León y en el criado. La fama cierta en otras cosas vana Dice, que este romano es derivado De los que dieron nombre a aquella tierra, Conservando la siempre, en paz y en guerra.
También es opinión que larga mente Volando viene de uno en otro oído, Que al puesto edificaron del poniente Sus antiguos abuelos propio nido. Más de que este barón santo excelente En aquel mismo sitio haya vivido, No esta del todo la noticia escasa, Pues vemos hoy reliquias de su casa.
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Y como quien la guerra continuaba, Siendo ordinario centurión en ella, Para más gloria suya se hallaba Con los soldados de la muestra bella, A como de su maldad se desviaba (Como está dicho) haciendo burla de ella, Sin querer ofrecer, ni dar al fuego Incienso, contradijo el rito ciego.
Por lo cual con violencia arrebatado En presencia de todos había sido, Sin que fuese de amigo acompañado, Ni en muestras ni palabras socorrido, Y en una oscura cárcel encerrado Con pesadas cadenas oprimido Lo dejare gozando en pena, gloria, Hasta que vuelva a su gloriosa historia.
Sintiendo pues el fiero presidente De su grave dolor al pecho un clavo, Quiera y manda a su laureado gente, Vaya la fiesta principiada al cabo, Cesa el rumor que andaba libremente A la hoz gruesa y al de nuevo bravo; Y así acabó con sumo acatamiento Su rito el belicoso ayuntamiento.
Sonando al mismo punto el son horrendo, Que enciende, y hiela en el furor de Marte Por todas bandas, tocan recio estruendo, Que la tierra tembló en aquella parte Con el confuso ruido, va saliendo Cada legión siguiendo su estandarte, Que ya el cansancio y sed las importuna Volviéndose a su puesto cada una.
Al real asiento FORTUNATO vuelto Con su legión en todo afortunada Anda en su pecho so MARCELO envuelto, Presagio triste en su feliz jornada. Más sin decir en lo que se ha resuelto, Vuelvo a la belicosa gente enviada Contra CURIENO, a quien me determinó Seguir, dejando el principal camino.
Que lo deje en paz extraña y cierta Con el gallardo CANIOSECO amigo Cobrada a POLMA, estando casi muerta La esperanza de verla más consigo; Donde, sino me engañó, quedo abierta Una dudosa senda al que es seguido te digo De aquella su amistad trabada, cuando Con más furor se andaba peleando.
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Que a quien no admira el ver que se aplacase Un tan sangriento enojo y sucediese, Que el gentil CANIOSECO perdonase Su ofensa, y que CURIENO desistiese De la hermosa POLMA, y la entregase, Sin que su ardiente voluntad cumpliese Ni la ferocidad, que había en su pecho, ¿Jamas domada en peligroso estrecho?
Cual debe de estos dos más dignamente Ser en tan arduo hecho reputado, Júzguelo cada cual según lo siente, Que a mí sentir el caso está encontrado,Mirando de CURIENO aquel potente Furor nativo, y de amor tocado, Y en CANIOSECO el justo fundamento Para seguir el vengativo intento.
Que yo quiero callar, por ocuparme En dar de sus sucesos larga cuenta, Que no pienso tan presto descargarme De quien mi musa, con su espada alienta; Que antes temo cansar que no cansarme, Ni que deseo contrario de este sienta; Quisiera al desear igual la pluma, Por no agraviar sus hechos con mi suma.
Como a CURIENO le tocó a la oreja Lo ya por FORTUNATO prevenido, Y que con gran cuidado se apareja Para que Fuese muerto o perseguido, Va nuevo brío el ánimo le aqueja Que el bravo enredo en que se vea metido Hace sentir el corazón robusto En lugar de temor, esfuerzo y gusto.
Que aquel precepto más le ensobre rece Por que en su pecho el mudo despreciaba, Y más cuando en tal caso se le ofrece, Que el gentil CANIOSECO le aspiraba, Cuyo valiente brazo le parece Que al romano poder solo bastaba A contrastar con fuera poderosa, Sin que ayudase la mudable diosa.
Más como aquel con su fuerza extraña Juntaba gran esfuerzo y bélica arte Siendo platico y diestro en la montaña, Por las partes más ásperas reparte De la gente feroz que le acompaña, Y él con el nuevo amigo y fiero Marte Con doscientos amigos escogidos Están continuamente apercibidos.
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Pues a este tiempo ARVAS encontrando Con algunos que andaban desmandados al verlos a las manos procurando, Salieron sus intentos defraudados, Por que de un rico a otro atravesando Vuelven y huyen y andan remontados, Con armas alterando y gritería La quieta noche, y el patente día.
Más por traer consigo los trescientos Hombre de guerra sueltos, y animosos, Habían quitado algunos bastimento Al bando de CURIENO provechosos, Contra el cual revolvieron los intentos Y aparejadas armas los briosos CURIENO y CANIOSECO, sin decirlo Toman la sierra y dejan el castillo,
Partidos estos dos bravos guerreros En demanda de ARVAS orgulloso Con los doscientos fuertes compañeros, Sin camino por término escabroso Deseando vengar los desafueros Hechos por aquel bando riguroso, Y dar con su salida una estampida Que fuese de romanos nunca oída.
De una parte a otra caminando Un día que el claro sol ya se escondía A los que van delante atalayando Una espía en las manos les cía del romano feroz, y astuto bando, La cual luego a CURIENO se traía Temblando el cuerpo el color mudaba,Como el que teme la desnuda espada.
De la cual se entendió por cosa cierta Que el corpulento ARVAS caminaba Desviado de allí por la vía incierta, Con quien para el efecto les guiaba A donde diese en la morada yerta Del valiente español, a quien buscaba, De suerte que pudiese en noche oscura Remitir a las armas su ventura.
Y DALVA al pie de una nevada cumbre Quiere pasar la noche recogido Hasta esperar la venidera lumbre Junto a una puente y no embravecido Muy fatigado con la pesadumbre Que del mucho camino había sentido, Y que él viene a entender si había enemigos Y a descubrir (si puede) los amigos.
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De esta relación más verdadera, Qué y aun a su parte convenía, Pensó que la pena se eximiera, Por lo que al fuerte montañés decía. Más sucedió de manera, Que la lengua pagó lo que debía, Pues lo dejó, colgado, como malo, En un grueso árbol, que sirvió de palo.
Esto acabado con silencio grande Su gente estaba toda sosegada, Sin que en la orden nadie desmande, Esperando la nueva por él dada. El cual, antes que cosa alguna mande, Trató con CANIOSECO cual jornada De las dos sería bien tomar primero, Diciendo así al valiente compañero;
Después que a mí valor tu vaporosa Saña venció, y me junté contigo Rindiendo te la bella y dulce esposa, Quedado me por premio, el ser tu amigo De su esfuerzo, y persona valerosa, De quien a costa mía soy testigo, Tengo crédito tal, que no me atrevo Hacer sin tu juicio lo que debo.
Cual va el soberbio ARVAS, ya lo entiendes, Y cual dicen que DALVA está en el paso, ¿Qué te parece? ¿qué es lo que pretendes Hagamos, pues el sol ya va al ocaso? ¿A volver al castillo no te enciendes? ¿ Donde queda POLMA recelando el caso? ¿O quieres que esta noche acometamos a DALVA, y luego contra ARVAS vamos?
No hay para que pretenda autorizarme (Al fuerte amigo CANIOSECO dijo) Ni hay para que de nuevo granjearme, Que por tu solo parecer me dijo: No bastarán contrarios a tumbarme, Ni por este temor, ni aquel, me aflijo; Aunque es verdad que el alma me traspasa La bella POLMA que dejé en tu casa.
No será bien que viva este arrogante, Que está tan cerca descansando ufano, Pues con sola tu espada eres bastante A destruir su fundamento vano. Yo por testigo me hallaré delante, Dando las armas a la diestra mano; Todo el honor sea tuyo, si nos viene, Pues como autor de la obra te conviene.
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Diciendo esto queda consultado Romper con DALVA sin perder un punto, Al cual de un alto risco levantado Vieron sin bellos, alojado junto Al puente estrecho y al peón tajado, Cuando de muerte el natural tras sus y Viene a la tierra de tinieblas llena Ausentada la luz del sol.
Atentamente el sitio competiesen Con ojos vivos y ánimo seguro, Y por la más fragosa parte entienden Que los defiende el intratable muro, Y si para la puente el paso tienden Sería consejo cual la noche oscura Que eleva ya por ellos rebelada Por cualquier banda dudosa entrada.
Pasar por otra vía la corriente De aquel hinchado y resonante río, Sería mojar y trabajar la gente Cosas que suelen atajar el brío, Salvo si hacían por caso de accidente, De la puente al contrario hacer desvío; Lo cual el joven CANIOSECO viendo De esta fuerza CURIENO fue diciendo:
No hay que esperar, fortuna nos convida Y promete a las manos buena suerte, De que esta gente quedará rendida, Que ya les amenaza dura muerte, Si por nosotros fuere acometida Con silencio esta noche, brazo fuerte, Si el mío por padrino el tuyo lleva Te prometo salir con esta prueba,
Aprestados los nuestros dejaremos Contra los que la puente están guardado, Solos dos el río pasaremos, Y en los tendidos cuerpos encontrando, Arma, revuelta y muertes causaremos Los unos con los otros barajando; Y en tanto nuestro bando al paso estrecho Acuda, rompa, asole con despecho.
Así callo, y CURIENO el mozo abraza En forma siguiente respondiendo: Has descubierto en nuestra duda plaza Mejor que el tiempo nos irá ofreciendo, Ya el título que diste me embraza Que a mí el honor se vaya atribuyendo, Tuyo es el buen suceso, que se ofrece Pues eres el autor, yo el que obedece.
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Aquello dicho al punto apercibieron Sus fuertes compañeros esforzados, Y por donde han de bajar les advirtieron En viendo a los romanos alterados; Y cuando tiempo y ocasión tuvieron De armas, y de esfuerza acompañados Se dan al río, lo que más sucede Bien es para el otro canto quede.
EN ESTE CANTO PASAN LOS DOS VALIENTES MONTAÑESES EL RÍO, Y DAN EN LOS ROMANOS QUE ESTABAN DURMIENDO, POR CUYA CAUSA SE GANÓ LA PUENTE POR LOS DE MÁS SUS COMPAÑEROS, Y FUERON DALVA Y LOS SUYOS MUERTOS, Y de la suerte, que por otra parte el valeroso capitán ARVAS dio en el castillo de CURIENO y lo quemó, señalando se bravamente unos pocos españoles que dentro se hallaron; y de la manera que se libró la hermosa POLMA, que en el castillo estaba. Con la sangrienta batalla que después de esta hubo con este capitán romano, y lo que más a caería.
Quisiera yo tener materia llana. Con que de aquí y de allí fuera engañado De varios eslabones la cadena, Que voy conforme al tiempo dilatando, Y tocar del amor la fértil vena Dejando esta ocasión, y otra tomando, Guirnaldas de mil flores componiendo, Con este lazo de otro entretejiendo
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A llevar la verdad por accesoria Y por más principal a su contraria Pudiera autorizar mi breve historia Con discurso ingenioso y obra. Más descargar no pienso mi memoria De lo que es parte menos necesaria, Sino que la verdad por fundamento Vaya sin artificio y ornamento.
Y así ceñido voy por donde me lleva La vía inculta, estéril, y desierta, Aunque quisiera dilatar la prueba, De una ventura y otra senda abierta, Y de esta cosa nueva más nueva, Que al más sin gusto el gusto le despierta, Y como me voy señor forzado A un término confuso y limitado.
Más pues que le elegí, ya determino Al trabajoso estrecho someterme, Que a vuestro resplandor veré el camino Estando más a punto de perderme, Y con tal confianza al diamantino Marte quiero seguir, sin detenerme Siguiendo a CANIOSECO y CURIENO, Van rompiendo por el vítreo seno.
Los cuales son la sombra caminando El espumoso río atravesaron, Y con gran brío y ánimo llegando Donde sus corazones desearon, Sin que sentidos fuesen, hasta cuando Con de nuevo bravísimo cerraron Por donde estaba más gente amontonada En sueño dulce y vino sepultada.
Cual dos fieros leones, arremeten Por manada de ovejas descuidadas En el humilde aprisco, donde se meten Para ser de los vientos amparados, Que pisando por ellas se entremeten, Y aquí muertas, y allí despedazadas Las dejan, y revuelven por el suelo Con balidos rompiendo el aire y cielo.
Tales entraron ambos cuidadosos De hacer en competencia obras iguales Revolviendo los brazos poderosos Con rabia muestran bríos infernales, Que a todas partes andan rigurosos Abriendo en los romanos manantiales De sangre que vertida los contiene De la fingida en verdadera muerte.
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Otros heridos se alzan y caminan, Sin advertir qué en rojo humor se esmaltan, Otros al levantarse se reclinan, Y el alma a un tiempo y las palabras falta, Otros al ruido y voces le amotinan, Y bravos con las fieras armas faltan, Y haciendo vienen un confuso estruendo A donde el estrago atroz se va siguiendo.
No se turban por esto los potentes Famosos y gallardos compañeros, Que en tal sazón se muestra más valientes Y en grande extremo en la defensa fieros, Cortando brazos y partiendo frentes, Sin que valgan germánicos aceros; Que este por aquel, y aquel por este Causaban fiera y temerosa peste.
Más a este tiempo DALVA se levanta Que el sueño sus miembros ocupado, Y oyendo la cruda arma, que se canta, Sus manos a las armas ha entregado, Y aunque el estruendo súbito le espanta En el áspero trance reportado, Recoge la más gente que ha podido, Y al ruido de los golpes ha sacudido.
Y entre la oscuridad vio los briosos españoles, que recio feroz se combaten. Y el ir haciendo plaza tan furiosos, Que cualquiera defensa en contra abaten, He lose el pecho con los temerosos Golpes, y el ver que sin remedio maten Los suyos, y en su amparo aguija y corre, Que al frío hielo su valor socorre.
Cierra con CANIOSECO (que la suerte Más cerca le ofreció para su daño) Y afirmado en los pies con brazo fuerte Su lanza arroja con furor extraño; No quiso su ventura que le acierte, Que el coraje y la sombra le hizo engaño Y así pasó crujiendo el golpe en vano, Dejando sin sabor la incierta mano.
De haberse cerrado más atento insiste En darle muerte, que el furor le enciende, Más quedó defraudado al fin el triste, Pues no le sucedió como pretende; Que con presteza el montañés inviste. Y el pecho con la aguda espada hiende, Dando la cruda llaga en un momento, Al suelo el cuerpo, el alma al negro asiera.
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Más la gente que viene le acomete Por todas partes con terrible ruido, Y en tanto estrecho y confusión le mete, Que a punto estuvo de quedar perdido, Si el amigo CURIENO no arremete En su favor, que el bravo ha resistido La turbulenta furia, que le ciñe, De cuya sangre el duro, campo tiñe.
Cual entre secos juncos el furioso ábrego, pasa por el medio hendiendo, Este llevando en alto presuroso, Y aquel de un puesto al otro sacudiendo, Tal el bizarro montañés bravoso Entra por el tropel, cerrado abriendo, Enviando piezas de armas hacia el cielo Y cuerpos esparciendo por el suelo.
Juntasen al fin espaldas con espaldas Con suma fuerza y ánimo despierto, Resonando los golpes por las faldas Y cumbres de aquel áspero desierto. Como estar coronados con guirnaldas Fuera, romanos, más seguro puerto En la fiesta imperial donde faltaste, Que no en este conflicto donde os vallaseis.
Y más cuando otro gran rumor se siente, Y entre el ruido de armas grita fiera Hacía la banda de las diestra puente Que el monte atruena ensorda la ribera, Por que el bando español, que diestramente Arremeter aquella parte espera, En oyendo el estruendo, que pasaba, A la puente con ánimo cerraba.
Entra de golpe, y da por la medrosa Cuadrilla somnolienta, y descuidada, Que se halla tan confusa, que no osa Poner la frente ni mover la espada. Y si alguna se muestra valerosa A detener la gente desmandada, La amiga y la contraria que va envuelta Consigo se la lleva a rienda suelta.
Y los que han intentado desviarse, Para reconocer el daño grave Vienen por fuerza todos a mezclarse, Ni contra quién, ni como, no se sabe Crece el temor y el fiero encarnizarse, Anda el estruendo, y el furor no cabe En tan estrecha parte como aquella Donde no hay sino morir o caer de ella.
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Para de esta suerte dan en los romanos De varias formas muertes desabridas, Abriendo pechos cercenando manos Despidiendo cien almas las heridas, Ganan la puente y llegan los hispanos Haciendo calle y derramando vidas Donde están sus capitanes esforzados De vivos y de muertos rodeados.
De allí los sacan y con brava ira Juntos aprietan la romana gente, Que cuando el paso tímido retira Sobre el padecer miserablemente, Cual dando el alma al punto que suspira, Para quejarse del dolor que siente. Cual por donde pensó huir presto se lanza Sin vez su muerte en la enemiga lanza.
Cuando la oscura niebla se ahuyentaba Del carro de oro, que en su alcance viene. Y a descubrir su rostro comenzaba La esposa de Titon celoso tiene, En la sangrienta destrucción, que andaba, La furia montañesa se detiene, Y de alto a bajo cuanto está mirando Sin contraste lo va desvalijando.
Cargados, victoriosos y contentos Que no quince españoles se perdieron, Dejando muertos casi cuatrocientos Romanos de aquel término partieron A recogerse a sus alojamientos, Por Conservar la gloria que adquirieron, Y procurar no pueda su castillo El orgulloso ARVAS destruyó.
No sin sospecha y sobresalto grande De algún gran infortunio sucedido CURIERNO estaba, aunque contento mande Marchar al escuadrón, apercibido Sin que en torcer la vía se desmandó, Tras ARVAS con presteza se ha partido, Deseando encontrarle, donde pueda, Darle muerte con que DALVA queda.
Que como atrás de dijo, había tomado La vuelta del castillo de CURIENO, Que el soldado de DALVA los ha contado De turbación y miedo estando lleno. Pues habiendo el fiero ARVAS caminado Por altos montes y áspero terreno, Llegó sin ser sentido en niebla oscura Donde me hace que le siga su ventura.
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Que junto al castillo, que buscaba Del temido español facineroso, A quien dentro durmiendo le contaba Contento y descuidado en su reposo, Llegando, con Latardo consultaba, Que era soldado suyo y animoso, Que antes que la ocasión, se les pasase Y la noche, el castillo se cercase.
y que el propio en persona el cargo tome de dar un presto asalto a la muralla, y sea el primero que sobre ella asome, y DENTRO SALTE Y HIERA EN LA CANALLA; Por que su fuerte pecho y brazo duerme Al que con más hervor piense guardarla Que rescatado, quedará guardando Las escalas que fueren arrimando.
El valiente Latardo, que propone Obedecer y hacer lo que conviene, Con gran silencio tres escalas pone Y de orden y gente las previene, Y con deseo, que su esfuerzo abone El ya ganado crédito que tiene, Subió por una de las escalas Como si pies y manos fueran alas.
Más a penas firmó los pies en tierra, Cuando una centinela lo ha sentido, Y dando voces con Latardo cierra Que trabucase abajo ha pretendido. Más poco duró entre ellos esta guerra, Que mortalmente el español herido, Reforzando los gritos quedó muerto, Y el bando de su parte ya despierto.
Saltan quince arriscados montañeses Al nuevo estruendo y a las voces dadas Con las nudosas lanzas y pavesas, Y armando las ballestas de desarmadas, A donde se van mostrando los arneses, Enemigos, y en blanco las espadas Y con tal fuerza y mimo cerraron Que muchos desde el muro derribaron.
Más Latardo y los suyos los envisten, Que ya en el muro treinta estar podían, Aunque con gran esfuerzo los resisten Los muertos que rabiosos combatían, Donde unos y otros bravamente asisten Al fin particular que pretendían, Revolviendo su sangre los romanos Con la de los valientes quince hispanos.
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Los que viendo su castillo entrarse, Que en confianza les había quedado, Procuran cuanto pueden mejorarse, Y dejar libre el término ocupado, Y así no temen ni huir en arrojarse Por el montón de armas más cerrado, De fuerte que mil veces y no una Quiso vencer valor a la fortuna.
Que de las tres escalas, dos al suelo Echan con los que están asidos de ellas, Que vuelven a bajar con raudo vuelo Mirando con las plantas las estrellas; Unos dando en los otros sobre el cielo El gritar triste y míseras querellas del que sembraba en el peñón los sesos Y el que estropeaba, con dolor los huesos.
Viendo el suceso amargo, el arrogante No menos que fuerte, ARVAS torna presto A levantar escalas el de delante De todos suben al peligroso puesto; A tiempo que Latardo con pujante Brazo había echado de su fuerza el resto Dejando a los contrarios esforzados Los unos muertos y otros retirados,
Que aunque no pueden resistir la fuerza De tantas armas vueltas contra ellos, Con fuerte pecho cada cual se esfuerza A quitar vidas y ofrecer sus cuellos, Pero como la gente se esfuerza, Que cual espesa lluvia, cae sobre ellos, A mortales heridas se rindieron Los pocos, que a los muchos resistieron.
ARVAS que con terrible arremetida Satisfacer su ímpetu pretende, Quedó lleno de cólera encendida, Cuando no más que por los suyos hiende, Y su corta ventura comprendida, Pues no está allí el contrario que pretende Mandó al punto entregar con rabia ciego, Aquel castillo al riguroso fuego.
En cuanto esta feroz revuelta pasa Y el son de voces y armas resonaba, Durmiendo en lo apartado de la casa La bella POLMA sola reposaba, En cuyo pecho amor vivía sin tasa Con tal hervor que solo la ocupaba, Y en CANIOSECO puesto su cuidado A primer sueño, el cuerpo había entregado
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Con gran alteración al son horrendo, Que dentro del castillo fuerte siente, Recuerda, y se levanta no entendiendo Si son romanos, o su propia gente; Y de su lecho y cámara saliendo Sin dejarla vestirse su accidente Hallo la casa llena de enemigos; Que dicen, fuego, y muertos los amigos.
Y como CANIOSECO no está en ella, L o que le importa en tal peligro advierte, Que a hallarse su marido allí con ella, (Firme esperará cautiverio o muerte) Y primero que nadie acierte a verla (Que en esto tuvo favorable suerte) Salió por un postigo estrecho y bajó Con no menor secreto que trabajo
Y entre una áspera sierra escucha e eco Que va al cruel estruendo respondiendo,Regando el rostro el pecho y lienzo seco El cristalino humor que esta vertiendo, Viendo se sola, ausente CANIOSECO, Calla, que el aire a penas va ofreciendo, Que en tan triste y acerba desventura La fama teme, y no la muerte dura.
Y estando fatigada y sollozando A la ofensa del cielo y de la tierra Vuelve a mirar que va reservando Una súbita llama por la sierra. Y en la ocasión llama por la sierra. Y en la ocasión atenta reparando Si atenta podía estar en tanta guerra Vio que el castillo un fuego le abrasaba, Tal que aun al cielo mismo amenaza.
Centellas garganteando y humo espeso Que cubre en torno el rebelado asiento Mirando fuera el bravo escuadrón grueso, Que el incendio le da contentamiento. Este dolor le penetró hasta el hueso Por ver que lleva y arrebata el viento La fortaleza donde su marido En algo aseguraba su partido.
Y como en esto considera y mira Quedó anegada el alma es su tristeza, Más temiendo ser vista se retira Y esconde entre las peñas la cabeza. En tanto que llorando allí suspira De su mudable hado la aspereza, Están cenando el fuego los romanos Con vengativas y crueles manos
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No se aplacaba de ARVAS el despecho Más del antes con soberbia más crecida, Por que le salta el corazón del pecho Mintiéndole el intento que raya, Y por haber perdido en aquel hecho Treinta soldados de su compañía Cuya desdicha, y sangre derramada Siente, y promete de vengar su espada.
Luego otro día partió por donde entiende Más presto hallarle en cólera encendido, Que muere por dar muerte aquel,, que osen La tierra, y la revuelve con zumbido. (de) A los suyos la misma furia enciende, Que ya todos le juzgan por perdido, Pues el fuerte castillo, en que presume En brasas y cenizas se resume.
A penas ha pues media legua andando, Cuando el bando español saben que viene, Y en un lugar de árboles poblado El valeroso ARVAS se detiene. CURIENO que volando había llegado, Cuando tan cerca al enemigo tiene, Los despojos a un puesto ha recogido Y en concierto de guerra se ha metido.
Y mirando a los suyos el semblante Reconoció temor en muchos de ellos, Más él con aquel ánimo constante, Que siempre tuvo se metió por ellos, Diciendo: ¿Quien (decid) será bastante A domar, y dar yugo a vuestros Y más en la aspereza de esta tierra, Donde a todo el mundo hacéis ventaja en guerra?
ánimo, que no es bueno o el que es sencillo, Que una batalla cada cual la gana, Enviemos esta gente, al amarillo Reino, y hundamos la legión Trajana, Cerca está de nosotros es castillo, Defensa nuestra muy segura y llana, Mirad que la victoria que ganamos De nada sirve si esta no alcanzamos.
No pudo proceder con sus razones Más, por que su animosa y brava gente Alterada con fuertes corazones Así le ha respondido osadamente, Que has visto capitán en los barones, Que te seguimos con vigor ardiente, Sin temer los romanos, ni su fama, Más que pisar el pie la verde grama.
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En este el pago, es esta la corona ?Qué nos ha de quedar de la victoria? De que esta suerte tu opinión abona La nuestra ¿que ya puede ser notoria? A parte de esta empresa tu persona Que nuestras obras dejan memoria De que no una victoria nos contenta Que Marte a mil trofeos nos alienta.
Esto diciendo con furor gallardo Sin más decir ni oír, contra ARVAS salen, El cual con gruesa voz dijo a Latardo, Tus fuerzas ahora es tiempo se señalen, Que yo las mías, para aquí las guardo, Por que es bien se descubra lo que valen Y las de este centurión, cuya sombra Los pechos viles con temor asombra.
Toma por esta peña, haciendo rueda, Lo que muestra más raso aquel collado, Y en aquel sitio esté la gente queda, Que me parece puesto cómodo; Yo por otra esta otra parte, antes que pueda Verme de aquella cuesta señoreado, Por donde aquel peñón tajado nace Iré aunque la espesura me embarace.
Esto diciendo elige hasta doscientos Soldados los de más Latardo lleva, Que todos van con ánimos contentos Juzgando por ligera aquella prueba. Contra los que fundados sus intentos Traían en una hazaña insigne y nueva, Por una parte CANIOSECO envía CURIENO, y él por otra arremetería.
Unos blandiendo lanzas ya entregadas En la romana sangre no bien seca; Otros dardos de, astas a mentadas El dedo al lazo, el asta a la muñeca; Otros con las ballestas aprestadas Atraviesan la tierra, en partes hueca, Haciendo la temblar, al comenzarse Los unos con los otros a mezclarse.
Cual la lanza arrojando, cual calada Mira donde emplear su golpe fiero; Cual llegar a ejecutar el de la espada, Y para el corte en el templado acero; Cual la Corva ballesta desarmada El rostro pasa donde apuntó primero. Y así el ímpetu crece, y rabia extraña, Atronando con ruido la montaña.
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El ser el sitio de árboles cubierto Les embaraza, más que se quisiera,Por que al salir de entre ellos queda muerto El que más bravo a su enemigo espera, Otros al descargar del golpe cierto Reciben de través la muerte fiera, De suerte que el que piensa ejecutarla Contrario el fin del pensamiento halla.
Junto el tropel el alardeo es tanto, Y tanta de los golpes la aspereza, Que rojos ríos por el verde manto Corren testigos de su fortaleza; Crece la furia aumenta se el quebranto, Y está tan en su punto la braveza, Que de ambas partes la sangrienta guerra Cubre de muertos la fragosa tierra.
Iba el fiero Latardo con terrible Furor haciendo sanguinoso estrago Por la española furia irresistible Que de romana sangre forma un lago; Y habiendo roto el asta con horrible Destrucción, ofrece a la postrer trago A cuanto su soberbio paso ocupa, Que su espada lo abre y desocupa.
Más viendo le al encuentro el valeroso Y gentil CANIOSECO destruyendo Cuanto encuentra, y el braza poderoso Leva su pretensión contradiciendo; Por otra parte pasa el orgulloso ARVAR con gran presteza rebatiendo Lanzas, dardos, y piedras que se enviaban En tanta cantidad que aquel sol turbaban.
Muéstrese altivo con un arnés de oro, Y bizarro morrión que le hermosea: Cual suele el descansado y bravo toro Que entre tímida gente se rodea, Que alcanza, rompe, turba, y causa lloro, Y a allá hiere, mata y estropea, Tal ARVAR iba amedrentando fiero Al que va lejos y al que está postrero.
Visto por el bravísimo CURIENO La mortandad horrenda que hacía Para él revuelve de ponzoña lleno, La espada que un humor rojo tenía, Y así saltando por el duro seno, Que un corzo en ligereza parecía, Llega, y comienza a descubrir su extraño Valor, con crudo y temeroso daño.
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ARVAS al punto por la obra entiende Que el que tanto la fama ha celebrado, Es el que con tal ímpetu le ofende, Y le desmalla y deja el pecho helado; Más como gloria para sí pretende En la ocasión, que tanto ha deseado, El pie asegura, el corazón esfuerza, Mostrando con destreza altiva fuerza.
La batalla se traba tan sangrienta, Tan combatida y tan apresurada, Tan llena de crueldad que desalienta, Y pone confusión su fuerza airada; La sangre por las armas les revienta, La cólera en su punto levantada Los despedaza y deja quebrantados Con corto aliento, y cuerpos desangrados.
El demasiado afán al corpulento ARVAS desalentó, tan sin pensarlo,Que el brazo comenzó y el paso lento Al valiente enemigo a declararlo Y sintiendo su falta, cobró aliento Y poder reforzado en golpearlo, Que cual fiero Orca, entraba y se salía, Que a pesada ballena combatía.
Pues este tiempo el áspero Latardo Y el fuerte CANIOSECO se encontraron; No se vio contra Onza León pardo Con más furor que entre ambos se juntaron, Mostrando cada cual brío gallardo Los golpes con braveza redoblaron, Que cada uno de ellos su destreza Procuraba descubrir y fortaleza.
En cuanto esta contienda permanece De los dos españoles, y romanos Entre los suyos viva rabia crece, Y se deshacen con crueles manos; Más, este tiempo entre ellos se parece Más, a este tiempo entre ellos se parece A la parte acostar de los hispanos Un robusto español, que denodado No menos se mostró que bien armado.
Mira soberbio el peligroso trance En que esta de ambas partes la contienda, Y el suceso del uno y otro lance, Sin que ventaja alguna allí se entienda, Y como el punto de lo que es alcance Ufano se entra por la furia horrenda Con la diestra una lanza blandeando Bravo el efecto se la va entregando.
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Que una rabiosa cólera arrebata Al valiente español y con su lanza Entra, derriba, atraviesa y mata. Siete romanos, que soberbio alcanza, Tras estos peleando desbarata Uno y otro tuvieron donde se lanza, Abriendo hombros, barrenando pechos De muertos deja promontorios hechos.
CURIENO en tanto golpes poderosos A muerte, al fiero ARVAS ha rendido, Y aunque herido quedó sus valerosos españoles miró, y al que ha venido Que haciendo iba hechos arañazos, Por donde más el combate está encendido Con el que cual se juntó con brazo fuerte Pagando a los que encuentra con la muerte.
Y así con ser más que ellos los contrarios Valientes, bravos, diestros y esforzados La mitad muertos con sucesos varios, Heridos los demás, y destrozados El campo pierden, siendo necesarios Los pies por los peñascos desusados. Para librarse, de la furia brava, Con que la gente montañesa andaba.
Mirando pues Latardo, a cualquier parte Su confiado bando destrozado, Temió su muerte y al potente Marte Con quien estaba en peligroso estado, Perdido su valor, huyendo parte La vuelta del castillo ya abrasado, Pensando por los leves pies librarse, Pues que de su poder ya no hay fiarse.
Más el gallardo CANIOSECO ardiendo En coraje de ver que se le aleja, Sigue tras él y sale persiguiendo Con paso presto y enarcada ceja. Diciendo le: cobarde, donde huyendo Piensas librarte del que así te aqueja, Vuelve que en estas pedregosas faldas E rostro has de mostrar, no las espaldas.
No por estas razones suspendía Latardo el veloz curso que llevaba, Antes con más presteza discurría Y por las breñas ásperas volaba, Ya el humo del castillo que se ardía Y el daño de su dueño se miraba Cuando al romano, la española espada Le quedó por la espalda atravesada,
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Y con los pechos por la tierra dando Sale del cuerpo el ánima invisible, Quedando CANIOSECO allí acercando Con el trabajo que pasó terrible, Y de las llagas sangre derramando Toma el aliento que fue apacible. Cuando vio que le viene a dar ayuda La bella POLMA que venía desnuda.
Que quedó como atrás dije escondida Del romano furor y estruendo duro duro Con mil peligros ciertos combatida, Sin hallar cosa que le de seguro; Y estando en esto de llorar perdida A cierta a ver hacia el quemado muro Tras Latardo venir a su mando Y el victorioso fin que había venido.
Acude a él, sintiendo tremo rosa Sus llagas, y la sangre que derrama, Alza las hebras de oro y lagrimosa El sol maestro del que la estima y ama; Con ojos tiernos y alma congojosa Lanzó la voz del pecho, que se inflama Y hiela todo junto, y suspirando Así su sentimiento va intimando.
Negra fortuna, turbulento día El que CURIENO a nuestras bodas vino, Pues se abrió puerta en la desdicha mía Y la tranquilidad cerró el camino; Anoche ví el castillo que se ardía Después que me libré, por buen destino, Y el día de hoy, según mi bien te veo No sé si muerto o vivo te poseo.
La brava furia de la guerrera insana Sin fundamento ni razón tratada, Con alborotos y potencia vana Para estos trances es aparejada; Que al cabo el más potente el campo gana, Aunque a tiempos la suerte esté turbada, ¿Qué e vuestro hacer en los romanos riza? No más que ampollas de agua llovediza.
Esto diciendo, su pasión la ciega, Y por el alma estrecha y turba los sentidos De CANIOSECO, que con sangre riega Los peñascos que de ella van teñidos; El cual confuso para sí llega Deteniendo en el pecho los gemidos, Por no doblar con su dolor su pena, Así le respondió con voz serena.
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Testigo me es el cielo y tú señora Que lo eres de cualquier concepto mío Que no mi pecho tu verdad ignora, Pues fuera no entienda desvarío. Más que aprovecha que no es tiempo ahora Del amigo CORNIERO hacer desvío Dile por libertarte la palabra Que tus angustias y mis llagas labra.
No sie yo la sangre que derramo, Que el hombre de victoria al dolor priva, Y lleva a amanecer el verde ramo, Que los trabajos a mis pies derriba, El verte, lumbre de la vida que amo Más que la propia, por milagro viva, Me rompe el corazón, las manos me ata, Que tu peligro es solo el que me mata.
Estas razones y otras explicando, Que dan de lo que siente un fiel traslado, La camisa a Latardo despojando Con ellas las heridas ha apretado. Con sus muy blancas manos ayudando blancas manos ayudando La bella POLMA, con mortal cuidado, Que le causaba cada una de ellas Llorando el corazón sangra por ellas.
Pues siendo la victoria ya ganada Por nuestra montañesa y brava gente, CURIENO con la más que fue juntada Venía marchando con sudada frente, Y a donde estaba POLMA atribulada Hizo alto al punto el capitán valiente, Para tratar de lo que hacer debía Con HERMIO el español que allí venia.
Este era el que en la lucha le quitaron El grabado morrión de Viriato, Y el tropel de romanos maltrataron En presencia del bravo Fortunato, Después que de esta suerte le agraviaron Fu ele sentido del perverso trato, A buscar a CURIENO en las montañas Para vengar en ellos sus entrañas.
Que de su rebelión nuevas le dieron Y que del centurión sue victorioso; Y así a tiempo llegó donde pudieron Mostrar sus armas su ímpetu rabioso. Aquí quiero dejar los que vencieron Aunque (si bien se mira) en trabajoso Estado pues quedaban, tan perdidos Como los que huyendo van vencidos.
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Que a su tiempo dará mi historia cuenta, De lo que de ellos hizo fortuna, Que aquellos que el trabajo desalienta Vuelvo, que van sin esperanza alguna Huyendo de la furia turbulenta,Que los aflige, estrecha e importuna, Y lleva a cada paso tropezando Y el peligro que atrás viene mirando.
Los que de ellos quedaron con la vida En el regio León se han recogido, Donde su adversa suerte referida A Fortunato con dolor crecido, Y que muerta quedaba y destruida La montañesa gente que ha vencido, Su castillo quemado, y fortaleza Donde podían volver a alzar cabeza.
Con estas nuevas Fortunato estaba Atónito de oír lo que ha pasado, Aunque algo el corazón le quietaba Saber queda CURIENO destrozado, Y el castillo abrasado, donde estribaba, Y así con nuevo estudio ha procurado No dejar de seguir le hasta prenderlo, Y dar al lazo su rebelde cuello.
Después de aquellas cosas, determina Otra tratar más ardua e importante, Que aquella de la fuerza diamantina Del español tres veces ya triunfante, Que fue, del centurión, que a dios se inclina Con voluntad y ánimo constante, Como lo descubrió, cuando condena El falso rito, fue tener cadena.
Que no es materia digna de olvido se Si con mi rudo verlo osa estrago, Ni por mundanos cuentos despreciarse, Caduco, breve, y engañoso pago. Comience cada cual a prepararse Y a sentir de gloriosa sangre un lago, Y a ver por Cristo en el siguiente canto Valor que a todo ingenio ponga espanto.
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Donde se contiene como el tribuno Fortunato manda traer en su presencia al valeroso centurión MARCELO. Y de lo que con el paso hasta remitirlo al pretor Aurelio Agricolao, que residía en la provincia de áfrica; y en la manera que en la ciudad de Tánger padeció glorioso martirio.
Ahora es tiempo criador del cielo, Que no me faltase tu favor divino, Cual lo merece el caso y justo celo, Que me mueve a seguí este camino; Para tratar del centurión MARCELO, Cosa digna de ingenio peregrino, Su muerte, su valor, y su fe ardiente Dirá mi pluma, siendo tu asistente.
Que desde el imperial ayuntamiento Fue llevado a León a cárcel dura, Donde le dejé oprimido, más contento, Que el suceso que por Dios procura No le ha turbado el firme pensamiento, Ni el verse estrecho en la prisión oscura, Ni de que venga Fortunato en vano A castigar sin culpa el ser cristiano.
Tenía le aquel tribuno fatigado El caso sucedido irremediable, Que en ser barón MARCELO señalado Non es hecho para el determinable; Y ser como es negocio acriminado Y estando ante él, y en parte tan notable, Para saber si estaba arrepentido Que lo traían ante él ha prevenido.
Y en su sapiencia aprisionado estando Con la voz gruesa, y el mirar mohíno Le está severamente amenazando Diciendo, que furor y desatino Fue el tú o la milicia ejercitando, Torcer contra sus leyes el camino, La espada echando con el volteo en tierra, ¿Sin respetar los términos de guerra?
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Y despediste con intenso loco De oficio tan ilustre y reputado. Cosa de tal valor tenerse en poco, que puede ser: fiel seso no ha tal dado. No ves tu grave daño en lo que toco, y la muerte cruel en el cifrado. De que no escaparás por más que hagas, Si a lo que has dicho con las obras pagas.
No dijo más, aunque la vista airada Quedó en el valeroso santo puesta, El cual con fuerte pecho, no turbada Voz, le dio bruscamente la sepultura; Ta doce en la imperial junta pasada Lo que a Dios humanado, el hombre cuesta Cuya ortodoxa sea con firme frente Tengo y está rendir perpetuamente.
Que mal servirá a Dios, el que se emplea En negocios del mundo peligroso, Y ciego por sus lazos se pasea Cebado de su gusto ponzoñoso; Pues el humano Señor quiere que vea, Que lo uno y otro es en estas engañoso Viendo guarar su fe con firme intento Y no vuestro romano juramento.
Ya no hay tu loco error disimulado. Fortunato responde con braveza, Quisiera, más no puedo, remediarlo, Por lo que toca a mí y a su nobleza; Más conviene por fuerza declararlo Pues no admite otro medio tu altivez A nuestro invicto-mismísimo señores, Y del romano imperio emperadores.
Y dar también a este aviso espero A Constancio y Galerio en un instante, Y pues de tu delito yo no quiero Ni puedo conocer, iras delante, De nuestro Agricolao, prestos sereno, Que por justicia, te dará, arrogante, Lo que su grave culpa ha merecido, Si tu abominación toca a su oído,
Y pues que agravias la nación romana. Con la invención de tu malicia extraña En profesas la religión cristiana Que sabes que se extirpe en toda España, A ti te llevara se a la africana Región a castigar con fiera saña, Que Aurelio Agricolao en este puesto Es el que se validará el fallo, de esto.
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Y es de tal calidad tu perdimiento, Que aquí remedio alguno no se tiene, Mira lo que te lleva un pensamiento Que ya sin freno a tales obras viene. Diciendo esto, encubrió su sentimiento, Más en lo eue ha de hacer no se detiene, Que fue mandar que a Tánger le llevasen, Y ante el grave pretor le presentasen.
Pues dime ahora, centurión divino, Antes que se prosiga tu partida, Si dio licencia aquel furor maligno De hacer la postrera despedida ¿Con tu triste mujer? que en tal camino Traza fuera muy junta y comedida Que la pudieses ver, y la abrazaste, Y su consuelo, y hijos lo encargases
Diciendo le, mi dulce compañera Ya ves cual voy, por Cristo soberano, Contento parto, estoy con fe entera, Que esto es coger de nuevo agosto el grano; No te rinda el temor, ni pena fiera De los trabajos de este cuerpo anciano Que esto es lo menos, solamente piensa Que voy la voluntad fingiendo inmensa.
Esto profesa, y esto mismo muestra A guardar a tus hijos firmemente, Pues es la profesión de la ley nuestra Y todo lo demás vano accidente. Que no hay peste que hay próspera o siniestra Fortuna, diosa de la vana gente, Que el que la vida por Jesús ofrece Es el afortunado, y quien merece.
Pues quien duda que en paso tal, la santa Mujer, a sus ejemplos inclinada No espolie se la voz de la garganta ¿Y le dijese en lágrimas bañadas? Vete con Dios de Dios sagrada planta, Y dejarme con luto atribulada, Pues no merezco, triste acompañarte, Y a llevar estos hierros ayudarte.
Tú vas al Tingitano suelo preso, Yo quedo en el leonés, sin ti oprimida. Con pasión fulminado tu proceso ¿Como verte podré volver con vida? Y más me representa este suceso Que nuestros hijos, compañía escogida, Los veo como a ti por Dios llevados, Unos al fuego, y otros degollados.
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El los guarde, y te de señor victoria, Y fuerza y corazón en la batalla, Que has de paras, pues cosa me es notoria Que por la razón que es no hay escusa. Este cuidado aflige mi memoria, Y no poder contigo yo la paso, Gima mi alma, sean mis ojos ríos Pues sin ti he de pasar los males míos.
Más yo para que voy imaginando Este coloquio de dolor y gusto, Pues es tú historia, centurión mirando No hay sino un pecho y otro más robusto, Que por ir los romanos respetando Sus dioses vanos, y el edicto Augusto Aquel que ser cristiano conllevaba A un el gozar la luz se lo negaba.
Y así antes sospecho y creo cierto, Que nadie de tu casa vería Por el gran recato, y el concierto Que con la puerta y cárcel se tenía; Y fuera de esto, aquel temor incierto A mi mujer y hijos tocaría, ¿Y así andar sin secretos del tribuno?
El cual aún que feroz su ida ordena, Y a nuestro centurión patrón sagrado A Cecilio ata, con cruel cadena, Para que lo llevase fue entregado Muy poco de estas cosas le dan pena Ni el ir con gruesos hierros acerrojado, Que ni esto teme, ni el camino largo,Que le es dulce por Dios lo más amargo.
Apie por más afrenta lo llevaba No el fogoso caballo, corriendo, Que como caballero manejaba En tanto que la guerra fue sirviendo. Y allí con gran trabajo caminaba Polvo, sudor, e infamia, padeciendo Los pies trillados, y el contrito seno Vacío de mundo, y de esperanza lleno.
Por que el que tiene en Dios su pensamiento, Lo que no es Dios, cual muerte lo bostece; La vida de este mundo le es tormento, Y el regalo, y los gustos que te ofrece, Que el justo la atracción, y descontento Los denuestos y oprobios que padece Que son sinó añadir una esmeralda Una perla, o diamante en su guirnalda,
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Jamas jornada tal hizo en la tierra Alejandro, el oriente conquistado, Ni el fiero Darío, que la Asia viera Y va con grueso ejército triunfando Ni la de Ciro en la española guerra De Babilonia, a éufrates agotando, Ni aquella de Aníbal, que atronó a Italia, Ni la de César en la gran Farsalia.
Que de estos fue la honra limitada Con otros muchos dignos de memoria, al fin con duro infierno remata, suerte de su hinchada historia; Más de MARCELO la feliz jornada Fue para merecer la eterna gloria, a donde lo lleva con fervor ardiente Cada paso que da, y sudor de frente.
Cuan bien lo conociste, patrón nuestro Y la gloria del mundo cual ha sido, Pues el cuerpo le hurtaste como diestro, Que a la contraria treta conocido, Echando a fondo el infernal maestro Y a todo su escuadrón de honor vestido, Aún que angustias, tormentos y trabajo Muerte y dolor, te tocan de alto a bajo.
Que me parece verte y rodeado Cual el divino Saulo, de soldados A Nerón crudamente presentado, Yendo rogando a Dios por sus pecados. O vas por otra parte maltratado Por hombres fieros, y desvergonzados; Cual su San Ignacio a Roma preso Por el nombre de Cristo en su alma impreso
Pues ya que por la tierra lo pasaste Con un trabajo y otro riguroso, Por ventura mejor descanso hallaste ¿Que cuando entraste en el mar tempestuoso? En la galera donde te embarcaste, Que nos llevó de España el don precioso, En cual parte, tu cuerpo fatigado Estuvo de ella, ¿para ser honrado?
Quitaron te en entrando aquel atroz pesado Hierro, para que libre andar pudieras, Y del estante rol, con grave gesto Sentado el arrancada boga vieses. O fuiste, en la labrada popa puesto Con transportin de raso, en que te deprimieses ¿O te fue aquella cámara asignada; Que da el escotillón de popa entrado?
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Más si con las personas respetadas Por despreciarte no te acomodaron, Donde fueron estas carnes arrojadas Que tanto Dios y el espíritu encerraron Estuviste hacia proa en las agrupadas Del agua que por dicha te mojaron Entre jarcias y chusma, que da pena Su dolor, trato, y rumor de hacer faena.
Ay que esto creo más que no otra cosa; Pues no iban los negocios, de manera De mirarse a su sangre generosa Que en otro caso respetada fuera. O quien aquella tabla venturosa Que he albergado en nuestros tiempos viera Como reliquia guarnecida de oro, De tu templo colgada por tesoro.
Da pues aquel estrechó atravesando En Tánger fin a su jornada larga MARCELLO, en Dios contigo contemplando Que es lo que sus congojas le descarga Y el descanso que admite, llegando De su quebrantamiento y pena amarga Fue detalle Cecilio encomendado A cada duro, y carcelero airado,
Y como cuidadoso aún no se vea De esta prisión, en que le vio metido, A cierta gente, que con él venía Que lo guarden también ha prevenido, Que diligencia es esta que traiga Cecilio en este caso no ha entendido, Que MARCELO no trata de soltarse Sino morir por Dios para salvarse.
Puesto en la oscura cárcel del se aparta, Y donde el pretor está, ya diligente, Que contra los cristianos no se harta De mostrar lo que puede su nacimiento. A quién de Fortunato dio una causa Por cual entendió particularmente Lo sucedido sin faltar le punto, En estando el imperial consenso justo,
Si con ímpetu esquivo y rabia dura Los césares de miedo hincarían el suelo, Si obedeciendo a Némesis perjura Contra la mayor secta y comprendiese lo, Que se podía esperar de los tiempos Para este estuche enviado por sus magos.
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Sino que es con pechos rigurosos Donde hallaban más virtud quitar las vidas, Y haciendo enormes hechos sanguinosos, Experiencias mostrar jamas oídas Contra los fantásticos siervos valerosos, Por que fuesen sus fuerzas consumidas De suerte que el que más de esto trataba Las fortunas de cara le tocaba.
Y así el pretor Aurelio, no perdiendo Tal ocasión, en su secreta audiencia Mandó meter al santo, proponiendo Domar, y castigar su in ovediencia. Estando pues sentado, prefiriendo Con más autoridad que no prudencia, Miró con atención a San MARCELO Y viéndole, sin temor le eriza el pelo.
Que el que trata con Dios, no solamente Le trae el vivo en su alma dibujado, Sino que en su meneo, vista y fuerte Da muestras de la gracia que es tocado. Y así pudo quedar el presidente En ver al santo, con razón turbado, Que es justo con mirar al que es tirano Le infunde miedo sin mover la mano.
En fin al centurión de la Trajana legión, el gran pretor así debía; No estuviste en la fiesta soberana, Que a los augustos nuestros se hacía, Donde con presunción soberbia y vana Tu lengua en reprobada se movía,Y arrojando la espada por tierra ¿Te despediste de seguir la guerra?
Y en esto tu mano solamente errando Tanto, que no hay creer como lo existe, Más sin respeto y miedo publicando El ser cristiano con tu ley rompiste; Las augustas preferencias no acatando Las imágenes suyas ofendiste En no ofrecer incienso dedicado En aquel día, a su sublime estado.
Esto le dijo con semblante horrible, Y MARCELO lo oyó con pecho firme, Respondiendo con ánimo invencible; ¿Esta es cuanta verdad puedes decirme? La cual oída me es tan apacible Que no puedo jamas arrepentirme Que el poder cierto, y rica di adema Es el servir a Dios, y que a él se tema.
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De nuevo o centurión, has permitido Que dure tu perverso pensamiento; Sin de tu culpa haberte arrepentido Vuelves a confirmar tu atrevimiento; Y estando en mi presencia has ofendido A nuestro irrefrenable juramento. Conforme a esto, y a tu nuevo vio De castigar tu yerro no me escusa.
O Aurelio (dice el centurión del cielo) Con su divinada luz no le consiente Andar vagando al variar del suelo. Que lluevan sobre mí continuamente Prisión, hambre, congoja, y desconsuelo,Infamia triste y rigurosa muerte Siendo por Dios no quiero mejor muerte.
No más tiempo el pretor quiso escucharle Solo le dijo en cólera abrasado, En breve a tu osadía siendo darte El pago que merece , y su pecado. Y allí al momento vuelve a retirarle Al sitio oscuro, con rigor tratado, Donde le condenó con aspereza A cercenar del cuello la cabeza.
Dichosa confesión la declarada De cristiano, MARCELO valeroso, Pues te ha de hacer, el golpe de una espada Que en alma y cuerpo quedes glorioso. De cuantas perlas se verá ilustrada La herida, en este cuello luminoso, Cuando aquel son de la trompeta horrible Llame al juicio de aquel día terrible.
Y habiendo le mandado el juez romano Sacar de la prisión, donde está por enviado, Salio la barba, y el cabello cano El rostro flaco, y cuerpo macerado, Y el santo pecho, y corazón ufano De ver que a Cristo va sacrificado, Como lo entona, con torrente fiero La inteligible voz del pregonero,
Celestes cortesanos de un Parnaso, Donde no se mengua el bien, ni multiplica, Que tiene cada uno lleno el vaso De la fama visión que os beatifica, Salid, después que podéis sin dar un paso, A ver la gloria, y la corona rica De nuestro centurión, que testificaba Con su sangre la fe que profesaba.
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Y veréis como va manifestando, Que el sumo Dios de toda gracia es fuerte, Y que perpetuamente respetando Le está la tierra y mar, el cielo y gente; Ante su eternidad id postrando Pidiendo juntos, que piadosamente Le quiera dar esfuerzo en el momento, Al cual ya va con valeroso intento.
Que no estriba, ni espera en la pujanza Del fuerte brazo las batallas hecho, Ni en el socorro de la amiga lanza Que facilita el mal, y alienta el pecho; Del sumo Dios se clava su esperanza, Que le hace llano el peligroso estrecho, Para sufrirlo y con su pura lumbre Una pesada, y peñascosa cumbre.
Siendo la gente el término llegada, Con el que tan sin término servía, Donde había de ser la sangre derramada De quien para ofrecer mucha quería, Mirando aquella turba amontonada, Y que la vista del no divertía Su lengua un nuevo espíritu la toca Y así diciendo, a devoción provoca.
Hay mejor suerte para mí, que muera Por tí, inefable Dios, que es donde vive La sempiterna vida verdadera De quien cualquier criatura el ser recibe, La tierra, el mar, y la suprema esfera, Con cuanto por los ojos se percibe; Dame, para perder por ti, mil vidas Que ganadas serán, y no perdidas Que ganadas serán, y no perdidas.
Pues si otra obligación no te tuviese, Que darme ser del polvo miserable, Y no así como quiera, más que fuese Hecho a su semejanza incomparable, No te podría pagar, si por ti viese Dolor eterno, y muerte inexorable; Cuanto más que por mi te veo humanado, Y muerto, de una dura cruz colgado.
Pues siendo así como es, será y ha sido, Sin revocarse la inmortal sentencia, Hombres prestad a lo que digo oído, Haciendo a vuestros vicios resistencia; El alma huya del profundo ruido, Donde se oscurece y pierde su excelencia Acojo a Jesús, que vino al mundo, Y abriendo el cielo, despojo el profundo.
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No estáis de vuestros Dios confiados, Que el pago, que han de dar es fuego eterno, Ni en su poder fieis, ni en los estados, Ni en ser romanos, ni en tener gobierno Sobre gentes, que presto de reinados Pasa el verano y viene el crudo invierno De la muerte, que el más soberbio techo Derriba, y deja de ningún provecho.
Es la muerte por Dios, esta la vida, Y en lo que llamáis vida está la muerte; La una queda en gloria reducida,, La otra en triste sombra, y pena fuerte; Seguid la vía estrecha, y no entendida, Dejad la que en ruina se convierte; Mirad que son sus flores a los ojos Para el alma mortíferos abrojos.
O sumo protector de lo criado, Y rey de reyes es único monarca En cuyo inmenso brazo estoy fiado, Aun que se muestre atroz la fiera parca, Que seré de mis culpas perdonado, Pues cielo y tierra tu clemencia abarca, Con cuya protección iré seguro De no pasar el lago horrendo oscuro.
Y así no temeré muerte violenta, Ni el poder, por quien es excusada; Temo señor y con razón la cuenta De mi vida tan larga, y mal gastada. Más tu misericordia no consienta, Que mi maldad sin ella sea juzgada; Pues no hay quien se halle justo, y sin malicia Delante de aquel sol de tu justicia,
Y también lo que en este paso pido Por víctima merced rey soberano, Que ya que muero, ausente de mi nido, En este extraño término africano, Que sea con sacro aliento socorrido El bando que dejé en el reino hispano, De mi mujer, y hijos doce airados, Que están de fieros tigres rodeados.
Dijo, y al homicida perdonado, Con puro corazón, sin artificio MARCELO, al suelo las rodillas dando, El pecho a Dios, y el cuello al sacrificio, El mísero verdugo, ejecutando El riguroso efecto de su oficio, La cabeza del tronco lejos echa, Y el alma santa al cielo va derecha,
Folio 92
Cuan contento y pagado queda un justo Del tormento, por quien se le dio el cielo, Viendo vuelto el trabajo en dulce gusto Con paz a de tener recelo, De ley torcida, y de furor injusto, Malezas de que está cubierto el suelo, Pues tras la pena del mortal quebranto Vestido queda de glorioso manto.
Que nunca a capitán fue la victoria, De que ha triunfado, tan suave cosa. Ni el labrador robusto la memoria De la gruesa cosecha, provechosa, Ni al piloto contento vida y gloria, Que tiene, tras tormenta peligrosa, En el seguro amado y dulce puerto, Como a este santo de su laurea cierto.
Más de su débil cuerpo destroncado, Que destilando sangre está en la tierra De enemigos pestilentes cercado, Donde su maldad, ¿a la virtud destierra? ¿Que se hizo de él? ha sido sepultado Con lastimosa mano en tanta guerra O quedó por edicto pernicioso ¿Al sol ardiente y viento impetuoso?
A donde estabas sagrada Santa Nona Con tu ilustre y beata compañía, Como junta a tal tiempo no corona, Al pilar de ella, en tan contrario día Y con la blanca toga, su persona Bañada allí en su sangre no cubría, Dándole (cual merece) sepultura En un sepulcro, de soberbia hechura.
Para que su memoria despertase, Cual fue el valor, y ejemplo de su vida, Y así a su familia consolase, Ofrecerle la víctima debida. Más ya que quiso el cielo que acabase A donde no le fuese concedida, Consuele te saber, que no faltaron, Cristianos, que sus carnes sepultaron.
Que ya después de trece veces ciento Y más años, en Tánger se ha hallado De su sagrado cuerpo, él aposentó, Por concesión del alto firmamento, Que el colocarse acá, nos ha otorgado, Entre León y el cielo está esta palma Que alegra al suelo el cuerpo al cielo el alma.
Folio 93
Que ya veo con ánimo cristiano Al devoto Isla, como peregrino Caminar para el término africano Respondiendo al deseo su camino, Y no sin gran milagro el soberano Cuerpo traer del centurión divino, Siendo antes de cristianos informado Y entonces, por el sumo Dios guiado.
Ya ven al rey católico Fernando, El que ganó la ínclita Granada, Hallándose en León, salir triunfando A celebrar su altísimo llegada, Ya va por la ciudad MARCELO entrando En procesión, con orden extrema, Alegrando al real pueblo cristiano El ver venir su noble ciudadano.
Ya veo que en un templo puesto ha sido, No lejos de la casa donde vivía En su memoria y devoción erguido Que el nombre de MARCELO retenía, Ya en el altar mayor le veo servido, No como tal patrón lo merecía, Adonde cualquier aflictivo en su quebranto Con mucha devoción acude al santo.
Pues alma hermosa, que de luz vestida De la mortal corteza despojada, En la inmortalidad estás con vida De gloria, eternamente acompañada, Como serías de Dios trino admitida, Y en la suprema corte coronada, Cuando cantando himnos de contento ¿Te recibió el ilustre ayuntamiento?
Tu que de flores de oro, y mil estrellas Contemplas la perfecta compostura, Y ves estando queda las centellas De aquella inaccesible lumbre y pura, Que reverbera por las faldas bellas De los perpetuos jaspes y hermosura De este divino alcanzar estrellado Toma de tu real ciudad cuidado.
Ora que entenderás alma divina La esencia de las cosas naturales En el verbo, y verás vespertina Visión las criaturas racionales, A oir mi piadosa voz te inclina Entre misterios sobre naturales, Que paz pide y salud para este suelo, Que ya te alimentó en el mortal velo.
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O cierto amparo de este muro fuerte, Por tus antecesores fabricado (Aunque goza de más sublime suerte En ser por ti, y sus hijos ilustrado) Oye mi, petición, y atento advierte A reforzar mi espíritu cansado, Que ya mi pluma tu martirio deja, Y otro sangriento mar se le apareja.
Habiendo pues en Tánger padecido Martirio (como he dicho) San MARCELO Del bando de sus hijos recogido, Quedó alguno en León, su patrio suelo, Debajo del gobierno, mantenido De la doctrina y religioso celo De Santa Nona su piadosa madre, Que sucedió en lugar de sacro padre,
Y otros siguiendo a Marte discurrieron Por diferentes partes, su camino, Pero un intento juntos descubrieron De virtud lleno, y ánimo divino, El ejemplo tomando que siguieron De aquel padre, de tales hijos digno, Que fue el ardiente celo de cristiano, Al cual firme cada uno echó la mano.
Por donde comenzaré la excelsa obra Que varias cinco sendas se me ofrecen, A donde, si mi juicio aliento cobra, ¿Las rojas flores de ellas me enriquecen? Que en todas el sujeto, al arte sobra, Y así decir lo menos, que merecen Sería enmendar del sol las luces bellas O desclavar del cielo las estrellas.
Por que el severo Eugenio me arrebata, y a la famosa Córdoba me inclina; Y a Mérida Viator, que maltrata De Cristo, la cristiana disciplina ; Athico Daciano desbarata En Cea, a nuestra patria más vecina, Por su Febo engaño, dos soldados Que fueron en tormentos destrozados.
Máximo, Astirio, fieros inhumanos Presiden furiosos, sumamente, En Calahorra oprimen dos cristianos, Que han peleado valerosamente, Por otra parte traen a las manos Del bravo Deogiano, crudamente Ligados, tres mancebos animosos, Que de morir por Dios van deseosos.
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Gran fuerza a mi deseo van haciendo Estos tres caballeros, y quería Desde su gran valor ir procediendo, Que fuera echar por la derecha vía; Más Córdoba me va contradiciendo, Ya que la siga nuevo aliento cría; Perdona me León, que de ella el santo Camino quiero comenzar, y el canto.
En aquel mal se contiene, como los tres famosos caballeros santo, Januario, y Marcial, hijos del valeroso San MARCELO en la ciudad de Córdoba con gran esfuerzo se ofrecieron al martirio en presencia del severo Eugenio gobernador en ella por Diocleciano y Maximiano. Con lo que sucedió a otros dos hermanos suyos Germano, y Servando en la ciudad de Mérida, siguiendo el ardientisimo celo de cristianos.
Pues me he embarcado inmenso padre eterno. En profundo mar donde me he metido Dame a mi débil barco, sin gobierno Fuerza, por que no quede sumergido; Y así podré tratar con verso tierno El sangriento martirio esclarecido, Que dio a los hijos de MARCELO gloria, Y a mejor pluma que la mía, historia.
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Es pues gran soldado, y santo puro, Que estas sobre los siete errantes signos En el impirio y desplegado muro Colocando entre espíritus divinos. Mueve mi lengua, y a mi ingenio duro Informa con tu aliento los caminos, Y nombres de tus hijos, y el tormento Que pasaron con firme fundamento.
Esfuerza a tu poeta el débil paso, Que aunque el licor por él no sea gustado, Que baña los umbrales del Parnaso Piensa salir al término intentado, Y ver concluso milagro caso Sin ser tan gran piélago anegado; Pues es negocio que a tí propio toca, El dar este favor a quien te invoca.
Aquí los nombres de los doce escribo, Cada cual digno de inmortal imperio, Celidonio, Facundo, Primitivo, Fausto, y Marcial, que ilustra su hemisferio, Januario, y Servando, con el divo Germano, y el ardientísimo Emite rio; Y cumplo este feliz número rico Con san Claudio, Lupercio, y Victorico.
Si en áfrica Cartago fue cabeza Y Atenas en la Grecia triunfadora; Si Babilonia en Asia tuvo alteza, Y del mundo fue Roma la señora; De mucho más valor es la grandeza Con que real León triunfados adora, Poseyendo de santos un tesoro Que oscurece el topacio, excede al oro.
Que si madre de armas de España Has sido desde tu primer cimiento, Santos también de admiración extraña Tuviste por amparo y ornamento; De los cuales a ti la sangre baña, Y de Córdoba riega el llano asiento, Y a Calahorra y Mérida rodea Con la ribera del dichoso Cea.
A quien León no admira aquella guerra ¿De los que indignamente habitamos? Si la varia memoria un poco encierra En lo que poco y mal consideramos Cuando repare, y mire en la tierra, Que con nuestros inmundos pies pisamos Ofendiendo al señor de eterna vida Ha sido de ellos cuna, y fiel guarida.
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Dije que comenzar quería la vía En el discurso de caminos vario, Que de las cinco sendas se ofrecía, Forzoso cada cual y necesario De la ciudad que en letras florecía A donde FAUSTO, MARCIAL, y Januario Con suma admiración, manifestarse La leche, sangre, y fe, que profesaron.
Pues estos tres hermanos valerosos Con santo intento, y claridad ardiente A Córdoba llegaron deseosos De mostrar lo que son abiertamente, Y con pechos cristianos y animosos Se oponen contra Eugenio presidente, A quien fueron hablando de esta suerte, Deseando sufrir por dios la muerte;
Eugenio, pues no te hacen perjuicio, Porque recen, o para qué aborreces A los cristianos, contra quien tu oficio Tan sin respeto, cada punto tuerces, Sus vidas entregando al sacrificio Con terribles efectos te embraveces, Lo que en su favor, contradiciendo Y la suma maldad favoreciendo,
Que para sustentarla, es defendida Por todos tus ministros descreídos, Que la verdad católica es fingida. Y los siervos de Dios, aborrecidos Pierden sin culpa y con crueldad la vida, Quedando estos y aquellos destruidos; Y tú en darles congoja, te contentas.
Como suele entre pollos el milano Con presto batir de alas dar de asalto Que una, y otra vez, la corva mano Se ceba, y sube con la presa en alto, Y a los de mas enardece el golpe insano, Aunque la madre ampara el crudo salto, Y cuanto más se va cebando de ellos Más rabia por cebar su pico en ellos.
De tal atrevimiento Eugenio airado Sañuda mente al punto así responde: ¿Quién soy? ¿a quién serví? o ¿que pecado Os trajo donde mi furia no se esconde? Habéis ya del vivir desconfiado, O penáis que mi furia no está donde Suele reinar con tan sangriento extremo, ¿Que no poderla hartar es lo que temo?
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Como se ha de sufrir un devaneo ¿Qué está en tercera especie de locura? Ya no lo ser quiera mas trofeo, Que osar me hablar en sobra de cordura Por esta gente corregidme veo; Y no contenta de esto, que procura Paz y salud para el cristiano bando Que va los sumos dioses despreciando.
Sabe (juntos los tres le respondieron) Que la ley santa de Jesús creemos, Por cuya cruz la gracia, que perdieron Nuestros primeros padres poseemos, Y que si nuestras lenguas se movieron Es que alumbrar tu ceguedad queremos Que nuestra confianza está tan cierta Cuando la tuya confundida, y muerta.
¿Que igualdad es esta? ha repetido Eugenio, con furor. que el pecho ardía. De tí (respondió Fausto) he conocido La desesperación, que infierno cría; Pues la esperanza nuestra has pretendido Quitarnos, que la fe suprema envía, De donde la caridad el vuelo enciende, Y por el sempiterno trono hiende.
No quiso aquel severo presidente, Sino con obras fieras reprenderlo Y con ardiente ímpetu impaciente En garrucha cruel mando ponerlo. Sin que mostrase punto de accidente El santo Fausto con desnudo cuello A aquel tormento, alegre se dispuso Y el cuerpo y brazos, al tormento puso.
Los dos hermanos su dolor sintiendo De tierna compasión acompañados Dicen, una crueldad tamaña viendo Los santos ojos en humor bañados, Tu aflicción nuestros pechos va rompiendo, E imaginar, que no por los nuestros se te ordena Pasar por esta rigurosa pena.
Más el valiente Fausto con sereno Semblante el proceder ha interrumpido, Y con valor herviente envió del seno Estas palabras, con hervor crecido; Están donde hermanos, yo de gozo lleno De ver por Dios inmenso aquí venido, ¿Me le queréis turbar de esta manera? Contento estoy no os pese de que muera.
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Siendo esta breve plática acabada, Y antes que su martirio comenzase El fiero Eugenio, con la voz turbada A San Marcial provoca, que dejase La intención diabólica y dañada, Y de su nuevo yerro se apartase Si quiere huir la amarga suerte brava, Que horrible a toda parte amenazaba.
No sintió tanto en público afrentado Gallardo capitán de punto honroso En cuyo pecho hidalgo está plantado El golpe de la afrenta vergonzoso, Como este cristianismo soldado Viendo ofender al alto rey glorioso; Y así por él responder fue presto Con voz humilde, y desnudado gesto.
O falso juez tirano y fementido, Sacrílego, blasfemo, atroz y fiero, Diabólica intención es tu apellido Y no el que sigo yo del sacro fuero, Por el piadoso Cristo instituido De quien vida, salud, y gloria espero, Y tu castigo, por que más no oses Negar a Dios, y confesar tus dioses.
Es un vicio y maldad aborrecible La idolatría vana aborrecible Que lleva al vado de Charon horrible, De almas lluvia espesa y tenebrosa; Más el inmenso dios incomprensible Da por trabajos, vida gloriosa, Contra quien a pesar de mi deseo, Osas descomponerte, o monstruo feo.
Oyendo lo que dice, el presidente, Manda ofrecerle al áspero tormento Y con Fausto apremiando crudamente, Por que dejen los dos el sano intento. O vano imaginar de ciega gente Que donde hay Dios, no hay otro pensamiento. Y así Fausto en su amor y fe afirmado En lo que le responde lo ha mostrado.
En vano loco Eugenio te fatigas, En querer que adoremos dioses vanos, Pues no más que trabajos, y nos sigas, Sabe que hemos de ser siempre cristianos. No pienses, que por más y más que digas Podréis quitar a mi, y a mis hermanos Defender a Jesus con pecho tierno, Aún que pese al poder del duro infierno,
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Ya no hay más que esperar desesperados De mi misericordia y vuestra vida, Responde Eugenio, sean atormentados, Pues veo aquí la dilatación perdida. Como serán, señor, por mi contados Los tormentos y furia embravecida,Que caer de los más que ejecutaron.
Fueron le poco a poco apedazando Con cruda obstinación la brava gente, Las orejas santísimas cortando, Por donde entró la fe de Dios ardiente; Y las tiernas narices afeando, Raen las cejas y la sacra frente, Y de la eburnez procesión de encima Los dientes sacan, y el dolor lastima.
O crueles ministros de Megera O tigres fieros, áspides furiosos. Por que crudeza ejecutáis tan fiera Con ánimos crueles y rabiosos Eugenio duro, bestia, cruda y fiera, Por que muestras tus bríos hervorosos Contra este humilde y santo caballero Por que cree en Je´sus Dios verdadero.
Con cuan horrenda crueldad se hacía Orejas, sangre, y cejas esparciendo, Dando gracias a Dios con alegría,Estaba el santo Fausto, padeciendo, Sin que un dolor, y otro que venía Fuese su voluntad contra diciendo, D e suerte que los pérfidos tiranos No ponían contra él, sino las manos.
Si a un Zopiro renombre le ha quedado Con el hecho que en sí izo inhumano Por ver de Babilonia apoderado A Darío, poderoso rey persa, Que por su amor, con ánimo indignado Por donde los labios, con su propia mano, Y las narices, ofendiendo es gesto Quedando horrible, y mirar molesto;
Con cuanta más razón, o patrio santo, Mereces nombre eternamente extraño Pues que sufriendo, y padeciendo, cuanto Se puede comprender, causa espanto, Afeado cual es, no con engaño, Más con un limpio amor y fe sencilla, Ganaste otra ciudad de eterna silla
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Mirando pues, Eugenio aquella dura Visión con ceño horrible y pecho de ira, Encarnizado en su infernal locura Vuelve a Januario, que seguro mira La obra heroica, al parecer oscura Diciendo le el temor, no te retira, ¿De tu opinión, no veces al compañero? Pues mayor es el mal que hacerle espero.
Lo malo que a tí Eugenio te parece Se hallaste en mí como en a que es amigo; Con tal que del amor, con que el padece, Participase yo en el bien que sigo, Pues Fausto en el hervor que permanece Nos enseña a sufrir, y tu castigo En el amor mueve a ser los debemos, Y Que al señor que él busca le busquemos.
Con estos medio alguno no aprovecha; Tienen por punto de honra no creerme; Y a es más porfía que hermandad estrecha, Y locura que fe el no temerme, Repite Eugenio, y más pues se desecha Mi parecer, den prisa a conocerme A costa suya, y a contento mío Que freno es el castigo al desvarío,
Y así con feroz brío, y mal semblante, Y cruda rabia, y voces que espantaba, Hizo desfigurar lo en un instante, De aquel propio tenor que Fausto estaba. Y viendo el uno al otro semejante Y la sangre que rostro y pies bañaba A Marcial vuelve a aconsejar, suave, Que sus consejos de creer acabe.
Más el que ya, la dilación sentía De ver tanto su sangre reservada, Ni sus edictos vanos ya temía, Ni la crueldad que ha visto ejecutada En los hermanos, que con fe que ardía Del, la suma deidad era ensalzada. Y así con furia, cual no se deciros Puso este santo cual los dos Zopiros.
Viendo el malvado juez la confianza De aquellos santos, y el contentamiento Que la virtud en su trabajo, alcanza Contra el furor de su mortal tormento, Cubriendo el corazón desconfianza De no vencer, temió su vencimiento Y por no lo quedar entregó al fuego Todo el discurso de su furor ciego.
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Iban así a la muerte cruda y fiera, Sin les turbar aquel rigor vehemente, Como si en la dorada primavera De flor ciñera cada cual la frente; Por que en el fuego cada uno espera Coger rosas de vida permanente; Y con esta esperanza alimentados De que esta suerte hablaban, confiados;
Quien es, dicen, tan loco que no entiende La vanidad, con que dejais cegaros Y que esta ceguedad, que así os ofende, Podría (si la miráis) desengaño sos. Dioses de barro, y de metal, pretende Vuestro juicio, ¿qué podrán salvaros? O Dios, que os engañáis gente perdida, Que no os pueden salvar, ni daros vida.
Darán tormento y llamas infernales, Cárcel horrible y lamentable pena, Conforme se reparte en los umbrales De Proserpina, de tinieblas llena. No os criaron para esto hombres mortales, Que la ignorancia vuestra os encadena Y lleva, tristes, por horrenda vía A playa oscura, fiera y compañía.
No está en eso el valor de los romanos. Si no en hacer a Dios confesión santa, A quién la corte de los soberanos Gloria in excelsus, in esternum cants. Mirad que este apremiarnos vuestras manos A la celeste gloria, nos levanta; La cual tendréis, si echáis de vuestro seno Los falsos dioses, y el mortal veneno.
No temáis la braveza, brío, ni mando Del audaz presidente, que es mentira Cuanto defiende, y cuanto va intimando, Sino queréis quedar por vasos de ira. Y entended que no vamos así hablando Por no llegar al fuego que respira; Sino que ha sido efecto de amor puro, Que os va adestrando al término seguro.
Que nuestros cuerpos a la peligrosa Bramadora humeante y brava llama Entregaremos, cual la generosa Fénix, al tiempo que el morir la llama; Que batiendo las alas presurosa El aire enciende y la funesta cama, A donde se quema y otra nueva cría El natural de su ceniza fría,
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Por que esta quien en ceniza se convierte Esta pesada carga, que nos viste, El alma por el paso de la muerte De nueva vida y gloria se revise; Y venido el final juicio, fuerte, Donde triunfa el justo, y se condena el triste En derechos cuerpos viviremos, Y allí malos y buenos estaremos.
Esto les dicen, y con furia loca Al fuego los entregan prestamente Los sayones, a quien el cargo toca, Leña aplicando a aquella llama ardiente. Y en cuanto respirar pudo la boca Loando están a Dios divinamente; Y así las llamas, con ligero vuelo, Dieron sus almas al supremo cielo,
Los cristianos, que a caso se hallaron Donde aquel terrible incendio había pasado, Con devoción, y piedad guardaron Las sagradas cenizas que han quedado Y en la madre de sabios los dejaron,Y allí en un templo que es llamado, Los tres santos; tal nombre bien le viene Por los tres santos nuestros que contiene.
Quiero dejarte, Córdoba famosa, Hecha de santos polvos sepultura, Que a Mérida me paso populosa Pues mereció imitarte en la ventura; A donde esparcieron sangre generosa Sufriendo penas por la empírea altura Dos hermanos Servando y San Germano Con pecho sume y corazón cristiano.
Brevemente diré el martirio amargo, Donde con sufrir mostraron su excelencia; Que para ser en él, cual debo, largo Falta me el artificio, y la enloquecía. Oía se atentamente el primer cargo Que seles hizo en la terrible audiencia De un cruel gobernador maligno, Que solo a destruir cristianos vino.
En presencia del cual le confesaron Agenos de temor, patentemente Que eran cristianos, por lo cual quedaron Confesores de Dios omnipotente, Aun que con aspereza, los trataron, Desde el desnudo pie, a la santa frente; Y un perder las ofrecidas vidas Quedaron llenos de dos mil heridas.
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Luego comienza aquel dador de vida Casos obrar por ellos milagros, Quitando a los demonios la manida De los humanos cuerpos congojosos, Y la salud restituyan perdida A los tristes enfermos peligrosos, Y aquella secta de gentiles vana Contradicen con fe y obra cristiana.
Los tempos abatían a los tiranos, Dejando muchos ídolos rompiendo, Con vivo corazón, y osadas manos Del sempiterno Dios favorecidos, Gozando ya de ser estos hermanos Confesores de Dios, y del queridos Otro más alto indulto les ordena, Que fue el martirio de gloriosa pena, Que fue el martirio de gloriosa pena.
Andando pues en Mérida siguiendo El camino a su intento necesario, Y el bravo Viator en ella siendo Del preceptor romano gran vicario, Estos dos santos sin razón prendiendo, Los atormentan el áspero adversario Con el azote fiero, y peine agudo Del hierro, que hizo estrago acerbo y crudo.
Que les rompen las carnes delicadas, De quien la sangre cerca y lejos salta, Hasta quedar por partes mil aradas Con la furia cruel, que las asalta; Y no fueron sus penas rematadas, Que la vida, que en ellas no les falta, Se ha ido, y los tormentos, dilatando Para quedar con muerte más triunfando.
La causa fue, que a Viator convino Hacer a Tingitaria una jornada, Y llevó los consigo, aquel camino, Porque fuese su pena dilatada, Movido por espíritu maligno, O por otra razón por mí no hallada, Flacos iban a pie, y desangrados, Del camino, y flaqueza quebrantados.
Que hasta en esto fueron verdaderos Hijos de san MARCELO estos hermanos En sufrir caminando desafueros, Con hierro al pie, y esposas a las manos; Siguiendo, aun que más cortos, los senderos Que el padre caminó con pies ancianos Porque antes de Cádiz se quedaron, Que a donde el dio su sangre no llegaron,
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Que aquel grave trabajo, que el tirano Por modos tan diversos ordenaba, En la heredad y sierra de Ursiano Con el último fin se remataba A donde dieron a Cristo soberano Las fulgentes almas, que esperaba Por los sagrados cuellos divididos Con ancha espada y brazos descreídos.
El cuerpo de Germano fue enterrado En la insigne Sevilla, y San Servando A la ciudad de Mérida llevado A donde están sus reliquias venerando. Dichosas almas, como habéis triunfado De Viator en el celeste bando, Teniendo ya, conforme a la esperanza Perpetuo bien, seguro de mudanza.
Favoreced a mí desnudo estilo Por que con alto espíritu reviva, Y de noticia, sin romper el luto De la que allá en el cielo están viva, Cuando confusa acá de Atlante al Nilo, Y sólo mi deseo, le reciba, Pues no tengo descargo ni lo siento Sino es a él en tanto atrevimiento.
Que a los famosos caballeros veo Facundo y Primitivo, con valiente Hervor, salir armados de deseo, De bien morir entre enemiga gente, Que esta hazaña, y clarísimo trofeo Querría poder loar eternamente; Si humana loa a lo divino importa, Que suele intentar mucho, y quedar corta.
Cuyos pechos sagrados abrasando La firme voluntad determinada Los lleva, cien recuentos contrastado La sangre en otros tantos derramada. Más ya tan dura cosa imaginando Queda mí frágil fuerza desmayada, Si favorno me dan para otro canto, pues de hermanos, y el intento santo.
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De como celebrando Arico Daciano la fiesta y sacrificio de Febo en la ribera de Cea, fueron ante él traídos de los dos valerosos soldados de cristo San Facundo y San Primitivo su hermano; y del cruelísimo martirio que por la fe de Cristo padecieron. Refiere se abismo el martirio de Emiterio y Celidonio siendo gobernadores Máximo y Astirio, con el glorioso fin que tuvieron.
Calle cualquiera, que de servidumbre Libró su patria, con valor guerrero, Y el que rompió de armas muchedumbre, Metido por el término extranjero; Ni se entroniza el que subió a la cumbre De la opinión del mundo lisonjero, Aunque sea Frigio, argivo, ingles, romano, Orgulloso francés, y fuerte hispano.
Que ninguno sufrió, ni pasó tanto Peligro, en que la vida se arriscase, Si, lo que ocupa Tellus con su manto, Y el reino de Neptuno, navegase, Y de una a otra parte con quebranto Las Sirtes, y a Bellona contraste, Y de tormenta y guerra no saliese, Y de una afán en otro, y otro diese,
Como estos dos cristianos caballeros, Sobre quien, como lluvia, han descendido Golpes terribles, crudos desafueros Con violencia y furor jamas oído; Dolores graves, y tormentos fieros, Por donde varonilmente así han roto, Que quedando deshechos en mil partes Fueron de Dios, por Dios, potentes Martes.
En aquel tiempo adverso y peligroso, Que fue en España el crudo Daciano Pretor romano, vino riguroso Con fiero intento, y poderosa mano Atico Daciano, con furioso Deseo de ensalzar su rito vano, A gobernar con este horrible celo De los distritos de GALIZIA el suelo,
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Hallando se este crudo presidente En la comarca que a León rodea Hacia la banda, donde la corriente Por entre plantas lleva el raudo Cea, Habiendo por su edicto allí a su gente Mandado, que con el luego se vea, Hizo manifestar con bando nuevo Un celebrado sacrificio a Febo.
Que en la ribera de este claro río Y en la más fresca y deleitosa parte Donde se templaba el caluroso estío Con la sombra que en ella se reparte, Tenía la gente infiel con desvarío Hecha una estatua de admirable arte, A honor de Febo, a quien aquella tierra En la paz le invocaba, y en la guerra.
Y todos como a Dios le veneraban, Y hacían continuamente libaciones, Y devotos y humildes, preguntaban Con tierno afecto, y largas oraciones Las dudas y secretos que ignoraban Agrestes hombres, ínclitos varones; Porque esta ceguedad común estaba En el siervo, y señor que respetaba.
Llegado el tiempo ya del sacrificio, Quedó de gente el fertil sitio lleno, Y Febo, que a su fiesta fue propicio, Refulgente retoca el suelo ameno; Atico dio principio al loco oficio Con lento paso, y con mirar sereno, Y estando ante la estatua arrodillado, Brevemente así en público ha exclamado. ¡O sacro Febo de Saturno nieto!, Y del gran Jove, hijo omnipotente, A cuyo excelso amparo me someto Con esta humilde y convocada gente, En cuyo nombre, y mío te prometo Y por el rayo de luz ardiente, De hacer en tus solemnes fiestas juego, Y de ofrecer en tus altares es fuego.
Diciendo así, con bajo acatamiento, Se apartó de la estatua fabulosa, Y luego aquel gentílico convento Con pompa extraña y orden religiosa Fue haciendo su devoto ofrecimiento Con devoción, y muestra piadosa, Pidiendo cada cual al Dios Febeo Con dulce ruego, fin de su deseo.
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Solo faltaron de esta muchedumbre Los dos mancebos en el rito vano Facundo, y Primitivo, a quien la lumbre De fe les fue despertador cristiano. Más como fue entendido, y pesadumbre Les diese a los romanos con insano Furor les echan mano y presentados Fueron al presidente, encadenados.
El cual, después de haberse preguntado, En que provincia y tierra habían nacido, Y ellos con verdad siendo informado, Ser el real León, su propio nido. Y habiendo ser cristianos, confesado Que es lo que descubrir han pretendido, Por desviarlos de su sano intento Así mostró la lengua el pensamiento.
Decidme no sabéis aquel edicto, Que nuestros dos Augustos promulgaron, Tan observado, por cualquier distrito De su ancho imperio; por el cual mandató Castigo grave, con mortal conflicto Dar a los que en la ley prevaricaron De los inmensos dioses soberanos Por la secta común de los cristianos?
Porque, decid, rompiste el precepto, ¿Y a su fiesta no habéis sacrificado? Porque perder a dioses el respeto, ¿Siendo sujetos al romano estado? Porque no hacéis vosotros, en efecto Lo que hacemos, y ordena el gran senado Si mancebos, dejáis su ley rompido, ¿No veis que está en mis manos vuestra vida?
Respondieron con ánimo divino Los firmes santón a Atico, diciendo: Muchos días ha, que vuestro desatino Oído hemos, no obedeciendo, Que a Dios sacrificamos uno y trino, Sus preceptos y santa ley siguiendo, Que es el camino santo y verdadero, Y el que lleváis mortal despeñadero.
Hasta aquí confesamos llanamente Al imperio sujetos haber sido, Y en vuestras guerras, y entre vuestra gente Haber, en los reales asistid; Más ya otro capitán omnipotente, Banderas estandarte, y apellido Nos conviene seguir, y seguiremos Hasta que el alma de las carnes demos.
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Atico airado, escucha, y se detiene. Por bien pensado, o por temor vencerlos Como caballo, a quien la brida tiene, Peloteando los pies para moveros Y su respuesta breve esto contiene, Sin querer divertir la vista de ellos: No habéis hombres, que podré en un puro ¿Quitar las almas, con la vida juntó?
Sin que el temor a su deseo impida Respondieron los dos con fe centrada; En los cuerpos podrás, tu embravecida Seña mostrar, hasta quedar gastada; Que en las almas de Dios prenda querida No tienes que juzgar, ni vales nada; Que no te dio poder para ofenderles Aquel que quiso echar su resto en ellas.
Como burlando de ellos les responde Al parecer, con un semblante liso; Muchos decis, y pues que no se esconde Vuestro saber y consumado aviso, Decidme os ruego, porque causa, y donde Y quien, o para que dotaros quiso De tanta ciencia, que el juicio espanta; ¿Sois electores de la iglesia santa?
Oyendo los mancebos el sonido De aquel hablar fingido y cauteloso, No nos preciamos, luego han respondido, De ser sabios, del mundo mentiroso; Por que si algo sabemos ha salido De aquel minero eterno y abundoso De la inexhausta gracia sempiterna, Que de gracia la da, quien nos gobierna.
Y no tenemos grado tan pujante Como el que das burlando a tu albedrío, En nuestra sacra iglesia militante De quien sin entenderte haces desvío. Al fin os resolvéis (dijo arrogante El juez) en el pasado desvarío, Conforme a esto lo que de ello entiendo Que negra muerte quedareis sufriendo.
Sería lo, dicen ellos, sino fuera Llevar como llevamos, el derecho Camino, por donde Cristo la bandera Tremolando mostró en nuestro provecho. Y así la feliz muerte vida espera De gloria, en el terrible paso estrecho Cuando cierra su escusa y fría puerta Si hay fe segura y caridad despierta.
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De esta manera estaban arguyendo Con gran hervor y sin pavor alguno, Las vidas por su Dios sumo ofreciendo, Pretendiendo el primer ser cada uno. Esto el soberbio juez reconociendo, No fue más con palabras importuno, Por dar la rienda, que tenía cogida, A su furiosa rabia, nunca oída.
Sempiterno señor, no puedo cierto Aun que me animo y hago lo posible Llegar con este cuento a tomar puerto, Viendo que muestra una maldad terrible, El término donde llega el desconcierto Y el romper de la furia incorregible Con que el pérfido y bravo Daciano En estos santos descargó la mano;
Sino dais a mi espíritu turbado El esfuerzo, que distes milagroso A vuestros siervos, contra el denodado Proceder de este monstruo pernicioso; Que por el mar de sangre que ha formado Me lleva entre tormentos temeroso Que al mejor tiempo me trabuque el viento Quedando sin mostrar mi sentimiento.
El pecho lleno de furores vamos El horrendo tormento, comenzando Los sacros dedos quiebran de las manos. En un cepo las piernas expresando; Y en esta cruda suerte los hermanos Sagrados himnos van a Dios cantando, Y así los meten, llenos de amargura, En Dios alegres en la cárcel dura.
Y allí su sufrimiento al mal venciendo El fiero juez, en los tormentos cesa Rendidos con regalos proponiendo A los santos, enviados de su tesa; Más ellos recibidos no queriendo Por la intención malvada que profesa Vuelven a enviarlos, sin que hagan cuenta Del ponzoñoso don que les presenta.
No quedó de otra suerte el juez severo De aquella grave ofensa recibida, Que se mostró el horrible cancerbero,Cuando vió su cerviz fiera oprimida; Y así en el pecho, y corazón de acero Las tres furias, la Hidra embravecida Con la ardiente Quimera, y centelleando Entraron por mil partes fuego echando.
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Y como de esta horrenda compañía Hubiese inmensa saña concebida, En encendido horno los metía, Donde por tres días Febo había salido; Y vio que el fuego no les ofendía Por mucho que se muestra embravecido. Que los guardaban ángeles del cielo De la llama cruel y rojo suelo.
Y luego tras aquello por comida Les han vianda venenosa dado. No había de ser, dijeron, recibida Por lo que en ella viene mixturado; Más porque la virtud sea conocida De Jesucristo, que nos ha alumbrado, Haciendo su cruz santa, comeremos Lo que siendo ponzoña no tememos.
Y así como lo han dicho lo hicieron Sin que el mortal veneno les dañase, Y al punto tras aquel, otro les dieron Tal que con él la vida se acabase; Pero daño ninguno recibieron, Y fue servido Dios que aprovechase Para sacar, al que les dio el veneno Del turbio estado al almo día, y sereno.
Que sus libros de hechizos abrazando Creyó en Jesús con pecho verdadero, No se fue de este bien aprovechando Pudiendo, si quisiera, el juez severo; Cuyo furor, el caso acrecentando, Quiso fama ganar con desafuero Y levantar la sed de su venganza A donde el juicio humano no la alcanza.
Quien bastará a decir, por que diga, De los garfios de hierro, con que araron Los sacros cuerpos, y con que fatiga ¿Cruelmente sus miembros arrancaron? Y aquella aceite hirviendo, con la liga De vinagre y cal viva que lanzaron Por las gargantas, y los inflamados Tronco nes, a los lados arrimados.
Aunque tuviese corazón tan duro Como los que tan gran crueldad hicieron Con ánimo feroz, y horror oscuro, Donde no quedó maldad, que no pusieron Y aquel sufrir con corazón seguro Los santos, los tormentos que les dieron ¿Quien lo dirá? y el ver como burlaban, ¿Cuando con más furor los destrozaban?
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Yo por mí en tal sujeto, el estandarte Abato, rindo, reconozco, y veo, Que no puedo decir la menos parte De tan extraño y singular trofeo, Que sobra crueldad, fallece el arte, Y anega se en el llanto mi deseo, Tiembla la torpe mano con la pluma, Crecen tormentos, como en mar espuma.
Porque de los pasados no contento Dijo, cegarlos, que me están cegando, Que con su viva luz mía siento Turbase al punto que los voy mirando. Diciendo estas razones, al momento Se fue el horrible edicto ejecutando, Y a donde los claros ojos residían sangre A las concas y dolor cubrían.
La paciencia en tan duro mal, les dura Tan en su punto, como siempre ha estado. Mejorados quedamos de ventura, Dicen, que si los ojos han sacado Del cuerpo luz, del rostro compostura, Los ojos del espíritu han quedado, Con que cosas se ve en inescrutables Obras heroicas, hechos admirables.
Y sangrientos así, y despedazados Como estaban, con furia violenta Fueron por los sagrados pies colgados, Y nueva sangre a prisa les revienta De que van mil arroyos derramados; Y están acerba e ignominiosa afrenta Entre las muchas, que por Dios pasaron Los verdugos por muertos los dejaron,
Cuan justamente deben respetarse De aquellos, santos nuestros los tormentos, Y no solo esto, pero desearse, Pues son pasos de más merecimientos, Los trabajos por Dios, y allí abrasarte Como ellos el amor, nuestros intentos, Para que verse pueda la locura Del que suerte sin Dios quiere segura.
A donde, que ganó de esta batalla, Tan de su parte de crudezas llena, Sin ver en contra acerina malla, ¿Que defienda los cuerpos que condena? Pues vivos a los cuatro días los halla, Y en los perdidos ojos luz serena; Junto con quedar sanas las heridas Como si nunca fueran recibidas.
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No esperó, más mandó que luego vivos Sean desollados presto, en su presencia, Y estos dolores comenzando esquivos A ejecutarse con cruel violencia, Tuvieron sin contrario a sus motivos Por la divina suma providencia Que con nuevo milagro que allí ha hecho, Libró a sus santos de aquel fiero estrecho.
Que uno de los ministros levantado La dura mano, y ojos para el cielo A grandes voces dijo, contemplando Dos ángeles que del vienen en vuelo, De que aprovecha estarnos fatigado ¿En dar a estos cristianos desconsuelo? Dos nuncios los esperan soberanos Con dos coronas en las diestras manos,
Confuso el presidente, y temeroso Ya con tantos milagros espantado, Dice turbado, triste, y congojoso Con rostro y cuerpo de sudor bañado: Acabad ya este curso trabajoso, No sea más, sin provecho dilatado; Del tronco las cabezas desmembradas, Y vayan a buscar estas guirnaldas.
La ronca voz a penas los oídos Había tocado en la robusta gente, Cuando fueron los cuellos divididos Con cruda espada y ánimo inclemente, Quedando por los cuerpos esparcidos Ríos de dulce leche de sangre herviente, Que juntos por la tierra van corriendo El blanco curso al rojo interrumpiendo.
O sacras almas, santos venturosos, Que ya el divino premio estais gozando, Y como en los tormentos rigurosos Fue milagrosamente Dios mostrando, Que siendo en pelear héroes famosos Os iba como a infantes regalando Con la leche dulcísima del cielo, Que en testimonio de este baño el suelo.
A quién sois, y aquel mortal quebranto, Que sois, y aquel mortal quebranto, Que fue con tanto esfuerzo padecido, Y al grado que por el subsistes tanto, Por el tropel de muertes nunca oído, Me inclino, me refuerzo, y pido cuanto Debe pedir un pecho que es rendido De amor de vuestro ser, y su sufrimiento, Y altiva fe, y divino entendimiento.
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En tanto Sahagún, diamantes, oro, Plata, perlas, rubís, por donde quiera Adornen, pues que gozas el tesoro Que dio León a su feliz ribera; Tu sacra frente, y consagrado chorro Sean por ti respetadas, de manera Facundo y Primitivo, que no falte Tu obligación que cuanto el sol te esmalte.
Que a mi me llama senda, por la cual caminan Dos soldados de cristo, platicando, A quien sus pechos y ánimos inclinan, Que de León los llevan fatigado Los que el estado de la iglesia arruinan A Calahorra, para ser juzgados Por defender la cruz, cual los pasados.
Más antes que proceda con mi canto Quiero avisar, por que no quedar culpado Con quien de corregidme tenga intento, Aunque de ello, nunca me ha pesado; Que si en el proceder y orden desmiento De los tiempos que no es porque ha faltado, Ni me falta el tenerlos en memoria, Sino porque convivo así a mi historia.
Digo pues, brevemente procediendo En la de estos dos santos referidos, Que según lo que voy reconociendo En caridad de Dios van encendidos; La cual iban entrambos descubriendo En un dulce coloquio entretenidos, Que comenzó Emite-rio de esta suerte Con santísimo celo, y pecho fuerte:
No sabes Celidonio hermano mío Cuanto prolijo tiempo residimos Al sol ardiente, y encogido frío En las mundanas guerras donde asistimos, Con armas dilatando el señorío Del imperio romano que servimos, Y que la honra de peligros llena ¿La vida acaba, el alma se condena?
Ahora es tiempo ahora me parece, Y no me engaña el parecerte digo, Que otra guerra más alta el cielo ofrece, De paga cierta, y de perpetuo abrigo, Donde mudanza al bien jamás destuerce Con temor, ni recelo de enemigo; Que no hay temer el sol, ni duro invierno, Sino vida durable y sueldo eterno.
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En esta guerra hagamos centinela, Aquí se gaste el resto de la vida, Quede las manos sin sentirse vuela; Y a no gastarse bien queda perdida No el mal contrario, ni el trabajo duela, Ni el mundo y su potencia sea temida; Esto conviene y lo demás es daño, Que no admite después el desengaño.
Dice, y responde Celidonio luego, No menos que el al bien el pecho puesto; No hay para que animarse con tu ruego, Pues sabes que jamas me fue molesto Seguir el rastro de aquel vivo fuego Del sumo Dios, por quien morir protesto Y bien podrás haberlo tú entendido Que no he tenido de esta empresa olvido,
Ni lo pienso tener perpetuamente, Por que es el fin, tras que seguir espero; Y si en esto me afirmo vanamente A tí, y al tiempo por testigos quier. Venga la muerte y pruebe su accidente Con bravo ardor, o riguroso acierto, Que por Jesús, en quien mi fe les fue He de tener para mil muertes segura
Con tal seguridad y amor armados Fueron a Calahorra conducidos, Donde quedaron por Cristo atormentados Con tormentos tan crudos, que ofendidos De haber los hecho dar, los desmandados Máximo, y fiero Astirio, de corridos Aquel martirio, y su furor maldito No consintieron
Que estando un lienzo el uno al otro dando Para el humor con limpiar sangriento Y un anillo que el otro fue arrojando Del dedo, en la sazón de su tormento, Patentemente al cielo van volando Su poco a poco, contorneando al invierno; Dichosas prendas, que aún dejáis al suelo Señal que de quien sois es cierto ae cielo.
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No me detengo en ellos, que sería Más largo ser, que mi intención procura, Ni en que manera cada cual tenía Secretamente santa sepultura. Ni en que modo después se descubría, Reinando ya la fe alma segura, El humilde depósito en que estaban Y en el altar mayor se trasladaban;
Ni como en el, y la ciudad quedaron Por patrones ilustres en España, Y sus santas cabezas aportaron Por mar en Santander, a una montaña, Donde milagrosamente se hallaron Libres del agua, y su braveza extraña, Y están hoy en un templo rebeladas. Y con supremo honor reverenciadas.
Porque a León me vuelvo, y al ruido Que en el (si os acordáis) deje apuntado Cuando al gran Deogiano habían traído Tres caballeros de ánimo centrado. Ello ha sido de industria diferido, Y no estar del suceso descuidado, Que es mi fin principal pero primero Para contarlo, aliento, luego quiero.
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